En enero de 1977 unos pistoleros de la ultraderecha entran en un despacho de abogados de Atocha y ejecutan una matanza. Es de noche. Y letrados que trabajan para las comisiones obreras (aún en minúsculas, no será legalizado el sindicato hasta abril) están reunidos, y seguramente cansados a esas horas, para tratar uno de los tantos temas que les ocupan. Aquellos despachos eran cabezas de playa para conquistar la democracia y ganar derechos sociales para la clase trabajadora. Sindicato de clase volcado en su gente. No había democracia y estaba por ver que la hubiere. Todo estaba en el aire y cualquier regresión podía darse en cualquier momento.
Hoy los dirigentes de la izquierda están provocando un espectáculo de tomo y lomo. Una recua de políticos, en los que todos quieren conservar el escaño y el espacio ganado en los últimos años, se zarandean entre sí aupados por sus egos mientras su electorado asiste atónito a semejante descomposición. Toman el pelo a la ciudadanía.
Aquellos abogados de Atocha no estaban para peleítas. Entre otras cosas, porque todo estaba por hacer y se desconocía el desenlace. El dictador apenas llevaba poco más de un año muerto. Eran personas que, mejor o peor, con su formación y posibles, pero con toda la buena voluntad del mundo, se entregaban por una causa en la que creían y que, a buen seguro, les generaba sinsabores por doquier.
En 2026 ya no hay pudor. Y el pudor, sentirlo de antemano, evita vergüenzas sobrevenidas. El problema reside en que la idílica o romántica política de la Transición, al menos por la ilusión que generaba, se ha ido disipando a lomos de la sobreprofesionalización. Los partidos ya son empresas. Apenas quedan huecos para el debate, la participación. Y todavía queda más lejos en el tiempo cuando las casas del pueblo se abrían para enseñar a escribir. Esos despachos laboralistas se deslomaban por el proletariado de mono azul. Imágenes e iconos que en el presente se antojan de un pasado retirado que se ha ido desfigurando. Cuando en 2027, o en el instante que se tercie, se consuman recortes de derechos sociales, que los políticos estos que protagonizan la feria de la lucha por el escaño desde el frente pitufero, espacios podemizados y demás vainas, tengan la decencia (al menos) de acordarse de aquellos abogados laboralistas asesinados. Y sientan una pizca de pudor. Aunque sea ya demasiado tarde.










