Gabriel Rufián ha apostado por evitar brincos espídicos al frente pitufero. Ada Colau, que se ve superada por la magnitud de la candidatura que quieren endosarle, ardió en deseos de que el de ERC diese el salto y, de paso, estimulara los ánimos de una izquierda demediada. Las trifulcas entre Sumar y Unidas Podemos, primarias mediante, están hiriendo a un electorado desnortado que no observa un partido clásico al uso, con sus sedes en las ciudades y pueblos, al estilo del PCE e IU, e impera el desánimo ante el sindiós que se antoja inevitable a tan poco para la cita con las urnas.
Rufián tenía gancho para rearmar a las izquierdas estatales. Pero Rufián era y es de ERC. Y ERC es una organización veterana y seria. Conoció la Segunda República y estaba entonces ofreciendo presidentes para la primera gestión de su autonomía en los años treinta del siglo pasado: Francesc Macià y Lluís Companys (fusilado por el franquismo).
A su vez, el diputado catalanista en Madrid demostró dos aciertos. Uno: mostrarse tal como es y, no siendo menos, adoptando congruencia en su discurso; por mucho que ya no fuera el gerifalte de ERC, exhibiendo impresora en ristre en el hemiciclo, del tiempo del ‘procés’. Dos: critica la corrupción y podredumbre moral del ‘sanchismo’, ha sido su azote en defensa de la clase trabajadora; por no obviar la denuncia de las joyas de José Luis Rodríguez Zapatero y todo lo que comporta, más lo que está por venir.
Si se confirma un próximo Gobierno nutrido por el PP y Vox, mucho tendrá que decir Rufián en el Congreso de los Diputados. Ha tenido la destreza de nimbar advertencias solemnes para que la izquierda se movilizara. Y lo hizo con suficiente antelación. Pero los cargos, cargos son; y nadie quiere perder el suyo sino estirar la estancia en el sillón de turno. Ninguno puede pedirle más al catalán desde Madrid y otras latitudes. Es de ERC y ahí se queda.
Mientras ERC, EH Bildu y BNG mantienen su propio carril, en consonancia con la nación a la que aspiran, los restos de la ola pos15M se linchan entre sí por ocupar los puestos de salida por la circunscripción de Madrid. Una patulea de floreados dirigentes se matan peripuestos entre ellos con tal de agarrar cuatro años más el escaño. Eso sí, mientras tanto la clase trabajadora (a la que se dirigía Rufián) observa con incredulidad y desaprobación el espectáculo de recreo que están protagonizando.










