Hoy se cumplen cien años del nacimiento, en Logroño, de Rafael Azcona (1926-2008). Un guionista y novelista sin igual que retrató con una panoplia de humor, ironía y acidez la España del siglo XX. Supo entender como nadie las andanzas y desventuras del españolito medio inmerso en un tiempo histórico de retrocesos, cainita y sometido al nacionalcatolicismo de la dictadura. Ese país de medio pelo demediado en chances amargos lo retrató hasta alcanzar el alma, que era a la par la mirada del espectador o del lector. Intelectual discreto, de provincias y venido a más al conocer Madrid, dejó su huella en películas como ‘Plácido’ (1961) ‘El verdugo’ (1963), ‘La escopeta nacional’ (1978), ‘La vaquilla’ (1985), ‘Ay, Carmela’ (1990)… Azcona es ínsito al cine patrio. Y puso todo su talento en engrandecer la obra de los demás y en pasar revista a una sociedad que meció entre las mezquindades, el afán de prosperar, los ministros de diverso pelaje y unas incipientes clases medias que brincaron del confesionario y la sacristía al bikini del esplendor desarrollista del turismo.
Una de las novelas del riojano fue ‘El pisito’ donde narró los estragos (tan vigentes hoy) por engancharse al precio que fuera y con la hipocresía social pertinente a una renta antigua del franquismo. Cuántas maravillas haría en 2026 Azcona. La inmensidad de carcajadas que nos arrebataría a la vez que se solazaría del drama ajeno y nuestro. Sabía echarle agua al vino para restarle gravedad a las cosas.
La legión de mindundis que pululan sería carne de cañón para sus guiones y publicaciones porque fue capaz de adentrarse en sus penas y glorias cotidianas mientras nimbaba que lo éramos también nosotros y, desde luego, él mismo. Ahí anida la grandeza del riojano: en poco texto fue capaz de analizar y darle la vuelta al españolito para identificarnos mutuamente. Cuántos Azcona necesitaríamos en el presente para afrontar mejor el día a día.
Nos quedan los largometrajes en los que participó y sus libros, piensen (por ejemplo) en ‘Los ilusos’ y ‘Los europeos’, como forma de honrar su legado. Eso sí, igualmente cabría aventurar que no renegaría de la Transición de una tacada; entre otras cosas, porque no consta que lo hiciera. Si habría algo que no le hubiese gustado entonces, directamente lo hubiera escrito. Escribir sirve para ordenar. Que es ordenarnos a nosotros mismos al tiempo que lo hacemos retratando a los demás. Grande, Azcona.










