Dudo que tuviese mucha vida o empuje el tema ‘Libertad sin ira’ en las redes sociales hoy. La canción del grupo Jarcha fue la banda sonora de la Transición, con claras invocaciones al pasado ‘guerracivilista’ que diezmó España y que tocaba evitar a toda costa. En los setenta un país de medio pelo trataba de pasar de la dictadura a la democracia, y lo consiguió y en poco tiempo; no sin sobresaltos varios epatantes y demás vainas terroristas y golpistas. La ensalada fue completa. Los extremos ideológicos siempre en su salsa; retozándose en el sectarismo y la exclusión al que piensa diferente.
Si aquella España, aletargada por el largo franquismo y trufada de machismo, a la que estaba dirigida ‘Libertad sin ira’, logró implementar la democracia (entre otras cosas, porque Juan Carlos I activó la operación y no se enrocó –de poco le hubiese servido-) se torna pertinente rumiar cómo hemos alcanzado tal grado de polarización a lomos de las redes sociales y jaleados por las terminales partidistas ofuscadas en el meme y no en el programa y la razón.
A poco más de un mes de la cita con las urnas, las dos Españas deberían preguntarse cómo es que se experimenta el proceso electoral como un desenlace apocalíptico en el que en función de quién gane, los otros estarán condenados al ostracismo o el exilio interior. Si se ha llegado a esta situación, y concurren detalles atenebrados que realmente asustan, es también responsabilidad de las tácticas de los partidos y, desde luego, la sociedad.
A mayor formación y cultura, más difícil es pastorear al pueblo. Eso sí, los niveles de alfabetización y rangos académicos de la España setentera eran inferiores a los de la actualidad y, así y todo, imperó la buena fe. Esas dos Españas, a su manera, estaban convencidas en una cosa: en no regresar al 36, en que no se repitiese la Guerra Civil. Temor fundado cuando poco antes, en 1973, Chile había padecido un golpe de Estado militar contra la democracia popular.
No sé de qué manera en 2026 podría rescatarse algo similar a ‘Libertad sin ira’ para que fuese entonada por la ciudadanía. Dependerá de la creatividad y sensibilidad de artistas e intelectuales. La cultura de la Transición tuvo en este tema de Jarcha el marchamo de la convicción por pasar página y empezar desde cero. No fue aquello maravilloso ni mucho menos. Pero haríamos bien en el presente repensar a qué final nos lleva este dichoso tamborileo del insulto y la falta de respeto. La democracia no es eso. Que no lo estropeen personajes extremistas de diferente laya y trapalones abonados a su afán revanchista mientras nos azoran con el qué hay de lo mío.










