La Iglesia católica está poniendo la carne en el asador para la regularización extraordinaria, la ventana que ha abierto actualmente el Gobierno, en aras de dar papeles (dicho en plata) a los que no lo tienen. Si no tienes papeles, no estás dignificado como persona. No tienes reconocimiento. No tienes derechos. No tienes autoestima. Lo uno lleva a lo otro. Hay organizaciones, como Cáritas o Comisiones Obreras, que se están deslomando estos días para facilitar el papeleo de la regularización a los que pueden acogerse a esta oportunidad.
Por su parte, el obispo José Mazuelos ha dicho que convendría que aquellos que arremeten contra los inmigrantes, atesoraran la experiencia de ir unos días en cayuco o patera. Expresa las verdades del barquero. Compasión, atención al otro. Ayuda mínima, qué menos. Y empatía. Una empatía que se ha perdido en un mundo desbocado por el gran capital y la sociedad de consumo que, a la par, insuflan el egoísmo.
Evidentemente, la cuestión migratoria debe ser regulada. No se puede entrar en un país sin más, como Pedro por su casa. Mas también es una realidad que el fenómeno migratorio no va a desaparecer. Es ínsito a la persona, a los pueblos necesitados. ¿Acaso hemos olvidado que en Canarias las generaciones precedentes se jugaron la vida para irse a Venezuela o Cuba y ganar algo de dinero?
Mazuelos ha salido al paso de tanta insensatez. Vox ataca. Santiago Abascal espolea sibilinamente el cuestionamiento o el odio hacia el foráneo. Es un marco político discursivo donde el tercero se representa como una amenaza. Un chivo expiatorio. No hemos aprendido del siglo XX, de los totalitarismos que asolaron a Europa abanderando, con frecuencia, el racismo. La desmemoria colectiva conlleva que retornen peligros que se creían fenecidos.
Tener papeles para que, con calma, un médico de cabecera te atienda. Para que la hija o el hijo del inmigrante pueda ir con normalidad a clase en la educación pública. Eso no es óbice para asumir que hay que invertir en África, realidad que atañe a Canarias, para que nadie tenga que migrar y ser mercancía de las mafias. Si allí hay prosperidad, si hay oportunidades, nadie se aventura a perder la vida. La globalización tiene diferentes efectos, pero resalta que no podemos obviar las realidades migratorias, cada vez más notorias y urgentes. Potenciar África requiere del concurso estatal y europeo, y no es fruto de la noche a la mañana. Solidaridad internacional.










