La confusión sacude a la ciudadanía. Me imagino que no lo hará por igual. Que esa confusión y desazón al calor de la crisis democrática no será de mismo rango para las generaciones más jóvenes que para las personas de mediana edad o ancianas. Algo así aconteció, salvando las distancias, a la población de la Unión Soviética. Cuando cayó el Muro de Berlín en 1989, a los mayores del llamado socialismo real se les vino abajo toda una vida, y de la noche a la mañana. Crecieron así. Maduraron así. Y los regímenes se encargan de inyectar cosmos propios en los que creer, aunque sea a fe ciega. Sin embargo, los adolescentes y veinteañeros observaron con el desplome del telón de acero, la bienvenida a las multinacionales y cadenas de hamburgueserías donde consumir por doquier.
En España el 15M en 2011, del que se ha cumplido el aniversario redondo de los quince años, atravesó al electorado. Las plazas y calles se llenaron de indignados. La Gran Recesión de 2008 y el reguero de recortes amén de la austeridad, zarandeó a la ciudadanía. Todas las convicciones añejas, entre ellas la certeza de que siempre los hijos vivirían mejor que los padres, se esfumaron. Desde entonces muchos de esos hijos, jóvenes y no tan jóvenes, han venido tirando con la ayuda de los progenitores, el alquiler de aquel segundo piso comprado antes cuando eran clase media de verdad o de la pensión de los abuelos. Tuvieron, es un decir, su propia caída del Muro de Berlín.
Nadie cree ya en nada. Esa es la sentencia social. Quizá, resulte categórica e implacable. Mas se antoja difícil inyectar ilusión cuando la podredumbre se expande a una velocidad enorme. Por cada mes que pasa, se atisba una política cuyo estado de revista va a peor. Y eso no hay democracia que lo aguante.
Será interesante atestiguar dentro de un par de décadas cómo se valoran los acontecimientos actuales. Desde la crisis financiera a lo de hoy, pasando por la orfandad del 15M. Muchos revolucionarios, de izquierda y derecha, han tornado en meros populistas que, encima, levantan trincheras que todo lo complican. A este ritmo, ser decente será lo verdaderamente revolucionario. Los decentes son expulsados de la vida pública, mediante partidos pusilánimes y mezquinos que ahuyentan el talento. Militar al uso carece de sentido, a juicio de una juventud desganada ante tanto sinvergüenza. Rezongan mientras quedan imbuidos por el teléfono móvil. Nadie sabe qué deparará el mañana.










