Cuando un ministro del Interior maneja directamente o a través de sus subordinados un dossier sobre periodistas, échense a temblar. George Orwell preconizó los peligros del poder y sus abusos enmascarados en lenguajes enrevesados y actitudes torticeras. En román paladino, ningún político aceptará públicamente que está espiando a otros, sean o no periodistas. El informe de marras recuerda a la Stasi, el servicio de vigilancia y represión de la extinta República Democrática Alemana (RDA). Cuba tiene el suyo. Portugal también lo tuvo. Y otro tanto España. Ocurre en las dictaduras; sean de izquierdas, derechas o del más allá.
Por eso es inquietante que se sepa que Fernando Grande-Marlaska tiene a su mando en el entramado institucional a personas encargadas de catalogar a periodistas y clasificarlos en función de pensamiento, ideología o lo que se tercie. Muy de Orwell todo esto. Evidentemente, el ministro le ha restado importancia, ha venido a decir que la cosa no iba con él y pelillos a la mar. Pero los hechos, hechos son. Y no ha sido perpetrado por un conservatorio de música sino por el Ministerio del Interior. Palabras mayores. Un ministerio de Estado, de los de siempre, sobre los que bascula los resortes del poder mayúsculo que escapan del españolito medio.
Paradójicamente, cuando más en crisis desean situar al periodismo, más es vigilado. Lo que demuestra, por tanto, la importancia aún del periodismo. Sobre todo, en democracia. Dicho en plata, esto acontece por que el periodismo es incómodo. Y lo es, especialmente, para los políticos y poderosos de toda ralea. Si no es incómodo, no es periodismo. Sería mero protocolo o relaciones públicas.
El informe se elaboró en 2024 desde los laberintos del Ministerio del Interior. Lo más indecoroso posible y supone claramente un ataque a la credibilidad democrática. Esto es, desde los parapetos institucionales donde se debe preservar la seguridad ciudadana, se dedican esfuerzos en cambio a señalar a periodistas como información política de consumo interno. No cabe duda de que esto en otros países hubiera provocado ya dimisiones por doquier. La idea sola de que el máximo responsable de semejante cartera tenga a mano estos dosieres indeseables, es para que se desaten las alarmas. Ahora bien, reluce la escasa calidad del trabajo ejecutado. Unas fotos y unas pocas líneas sobre cada periodista. Cuchufletas que exponen la baja calidad de lo hecho. Sin embargo, eso no es óbice para preocuparse, y mucho, cuando un ministro del Interior permite que estas cosas antidemocráticas ocurran.










