Ayer el diario ‘El Mundo’ despachó el primer sondeo para arrancar el curso político. Como es tradicional en el rotativo, lo elabora Sigma Dos. Y, en esta ocasión, viene marcado por la crisis en Ceuta y el ataque a la integridad territorial española perpetrado por Marruecos. Y arroja que la suma de las derechas conformaría una mayoría más que holgada para hacer y deshacer en el país a partir de 2027. En concreto, la paleta demoscópica sentencia la siguiente distribución de actas en el Congreso de los Diputados: PP, 143; PSOE, 101; Vox, 61; Sumar, 10; ERC, 8; EH Bildu, 6; Unidas Podemos, 1… Así hasta alcanzar los 350 escaños que completan la Cámara Baja.
Con esta radiografía, Pedro Sánchez no encuentra estímulo alguno para adelantar las elecciones generales. Y esto, más el calendario judicial que le aguarda a Ferraz y al entorno familiar del presidente del Gobierno, hace pensar que gana enteros que primero se celebren los comicios locales y autonómicos y, al final, se convoquen las generales. Aunque eso implique quemar a la infantería, como alertó Emiliano García-Page. Es más, está por ver que García-Page se mantenga en el poder.
La subida del PP y, sobre todo, de Vox, a tenor de lo dicho por Sigma Dos, lanza un escenario político en el que concurre un dilema potente para el bipartidismo. Especialmente, para el PSOE: ¿estaría dispuesto a abstenerse con tal de que Vox no entre en el Consejo de Ministros? Ese será el gran momento, la enorme incógnita a despejar. Mas Sánchez no estuvo por la labor de hacerlo en su día con Mariano Rajoy, y, por tanto, difícilmente lo hará con Alberto Núñez Feijóo. Sánchez no se abstendrá, aunque eso implique que gobierne la extrema derecha. No negociará un acuerdo de abstención con el PP a cambio de medidas sociales. No le brindará tregua al gallego. No le dará agua ni al gallo de la pasión.
Con unos u otros matices, la tendencia demoscópica hoy por hoy es la que es. Solo podría revertirla, o mitigarla, que el PSOE cambie de candidato. Daría oxígeno al centroizquierda. Pero eso depende de unas dinámicas internas, propias de un partido, que es complicado que se den en la medida que se despliegan las ataduras institucionales y el regusto del sabor por el poder desde 2018. Las inercias, justo cuando se gobierna, son muy fuertes. Tanto como lo pueden ser sus consecuencias.










