Un país no puede estar sujeto a la irresponsabilidad, a la ausencia de responsabilidad política. El Parlamento ha dejado claro esta semana que el presidente del Gobierno no dispone de una mayoría absoluta que respalde su gobernanza. Y eso en el parlamentarismo es letal. Es un antes y un después. No estamos en un sistema presidencialista donde (como acontece con Donald Trump, por ejemplo) la ciudadanía vote directamente al jefe del Ejecutivo. España es una monarquía parlamentaria y, por tanto, su vida política debe funcionar bajo dichos cánones. El Parlamento es nuclear, capital; abre y cierra ciclos, legislaturas. Lo demás, cualquier otra cosa, es romper las costuras de la arquitectura constitucional que nos hemos dado.
Es verdad que la oposición (PP, Vox y, ahora, además, Junts) no se pone de acuerdo para articular una alternativa. No hacen del todo su presunto trabajo. Y, a la postre, eso nos deja en tierra de nadie. Pero el presidente del Gobierno no tiene ya una Cámara que le respalde. En 2026 ha perdido la legitimidad material, aunque no formal, que le dio el hemiciclo cuando le invistió tras las elecciones generales de 2023.
Pedro Sánchez no puede jugar con fuego. Mas lo está haciendo. Medio año más así, conllevará no solo un desgaste para él y su partido considerable, sino también una erosión de los cimientos constitucionales del 78; ya corroídos tras la crisis sistémica que vivimos desde hace una década, más o menos.
Todo político, el que sea, del pensamiento que profese, debe ser responsable. Eso es ejercer el liderazgo. Encastillarse para salvaguardarse de un trance adverso y así tratar de evitar que vaya a más la situación procesal contra su entorno familia, es un dislate. Sánchez debe meditar y actuar desde argumentos netamente políticos, no procesales. De no hacerlo, y no lo está haciendo, lo pagaremos todos. Alargar, forzar y estirar más allá de lo razonable una desconexión entre el Gobierno y el Parlamento es un sinsentido.
La dinámica parlamentaria se basa, esencialmente, en eso: que el Gabinete cuente con el respaldo de la Cámara. Ese hilo conductor esta semana se ha roto. Lo que, por otra parte, esta inercia deja patente que el PSOE abandona su posición de partido de Estado que ocupó desde la Transición. Un rol que ahora Felipe González, Emiliano García-Page, Eduardo Madina y otros, tratan de recuperar; mas se antoja difícil dado que el aparato presente en Ferraz responde al ‘sanchismo’. Demasiados nubarrones.










