Vaya por delante que fui alumno de Pedro Cruz Villalón, catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid. Me dio las tres asignaturas de la materia de Constitucional que contenía el plan de estudios, distribuidas en primero y segundo de carrera. Él apenas había acabado su etapa como presidente del Tribunal Constitucional (1998-2001), del que fue magistrado desde 1992, y asistía a la Facultad junto a la escolta. Aún eran los años de ETA, y en ese mismo edificio habían asesinado en su despacho a otro expresidente del Tribunal Constitucional: Francisco Tomás y Valiente, en 1996. Fue un regalo de la vida tener a Cruz Villalón como profesor. Luego, con el tiempo, también fue abogado general del Tribunal de Justicia de la Unión Europea. Vive a caballo entre Madrid y Sevilla, su ciudad natal, y hace unos días mantuve una conversación telefónica con él en la que constaté su inalterable lucidez y mesura intelectual. Es una persona que se distingue por su exquisita elegancia en las formas. Pertenece a una familia de juristas de renombre. Cruz Villalón es un patanegra del constitucionalismo, dentro y fuera de España.
Todo esto viene a cuento porque el 26 de junio publicó una tribuna en el diario ‘El País’ titulada: ‘Miseria de Parlamento’. Resumiendo: dado que Pedro Sánchez ya no cuenta con el respaldo material (sí formal porque todavía no se ha activado ningún mecanismo) de la Cámara tras la reciente aprobación por PP, Vox y Junts de una moción para instarle a que se someta a una cuestión de confianza, y el presidente del Gobierno, en cambio, permanece encastillado desoyendo la voluntad del poder legislativo, atando al país al estancamiento parlamentario, cabe la posibilidad de activar la vía de la criminalización del jefe del Ejecutivo prevista en el artículo 102 de la Constitución.
Esto es, como se ha roto el cordón entre Parlamento y Gobierno, elemento nuclear esencial del parlamentarismo, de ahí la necesidad siempre de ser investido por la Cámara Baja el candidato a presidente del Gobierno, y no acontece nada de nada (ni cuestión de confianza ni moción de censura; y llevan los Presupuestos varias anualidades prorrogándose) se ha producido una mutación del sistema parlamentario previsto en la Constitución de 1978 a una deriva presidencialista auspiciada por la práctica de Sánchez en esta legislatura. Por tanto, ante este atolladero donde se resquebraja (y con voluntad de prolongarlo hasta 2027) la naturaleza parlamentaria, sus esencias y rendimientos, a favor de un presidencialismo sobrevenido, no cabría otra que apelar al ‘impeachment’ (instrumento para exigir responsabilidades que distingue a los presidencialismos; como en el estadounidense, por ejemplo).
Cruz Villalón nunca habla por hablar. Es muy medido, como jurista y como persona. Cuando dice lo que dice, y lo hace en las páginas de ‘El País’, Sánchez está tardando en sopesar si le conviene realmente proseguir en la huida hacia delante en la que está inmerso; afectado tanto por la situación judicial de su familia (esposa y hermano) como por la ensalada de corruptelas que cercan su gobernanza. Así y todo, lo expresado por Cruz Villalón, siendo quien es, es mucho más que una mera formulación académica ceñida al debate teórico al calor de la actualidad y enmarcada en prensa. Esta tribuna se antoja como un aviso (probablemente el último) para que Sánchez cierre etapa presidencial con un mínimo de decoro institucional.
Advertencia que recobra aún más notoriedad cuando justo ahora se cumplen 50 años de la toma de posesión de Adolfo Suárez como presidente del Gobierno, cuyo ciclo presidencial finalizó abruptamente con su dimisión en enero de 1981. Un mes después sería el 23F. Un recordatorio, sin ánimo protogolpista, ni mucho menos, que casa con la necesidad de asumir e integrar que los declives presidenciales deben obedecer igualmente a los consensos sistémicos en aras de ser razonablemente digeridos por la sociedad y por las instituciones. Sánchez está sometido a esta disyuntiva en este momento.
En una democracia representativa no hay proyecto político personal que pueda hipotecar al parlamentarismo. Hay valores constitucionales superiores que siempre deben priorizarse y de cuyo cumplimiento dependen la viabilidad y permanencia de esos consensos sistémicos. Ponerlos en entredicho, emprender la vacuidad institucional (dejando inerte el parlamentarismo) y permitir la degradación democrática, supone una grave irresponsabilidad que Sánchez, le guste o no, debe zanjar a la mayor brevedad posible. De hecho, ya está tardando.










