Gerda Taro (1910-1937) fue la primera fotoperiodista del siglo XX. Se estrenó en la Guerra Civil. Y aquí murió. Su pareja fue el mítico Robert Capa. Taro (cuyo nombre real fue Gerta Pohorylle) tuvo el aura del corresponsal que busca aventuras (y además por convicción ideológica, defendió al bando republicano) que se acrecentó con su fallecimiento trágico. Ese idealismo enseguida torna en lo absurdo. No hay ningún idealismo en la muerte. El mártir es, en puridad, una instrumentalización política de turno. Y Taro perdió la vida, para más inri, por accidente y fuego amigo de los suyos. Un tanque la arrolló durante una desbandada en la batalla de Brunete.
Al margen de la vida de Taro, acaba de publicarse ‘Gerda Taro. Fotógrafa en la guerra de España’ (Libros del K.O.) de Fernando Olmeda, lo importante es no llevarnos por la neblina de la presunta épica de la justicia y la derrota. Es decir, no empeñarnos en estar aferrados en la nobleza de una democracia que padece un golpe de Estado como mecanismo, consciente o no, para desdeñar la importancia de otros sistemas democráticos que han sobrevenido después; como es el caso de la Transición y la Constitución de 1978.
A lomos del sectarismo y odio que engendran las redes sociales, se está carcomiendo la convivencia. Inculcándose por el algoritmo y los intereses de unos pocos, ‘tecnofascistas’ si lo desean, se diezma lo logrado en estas últimas décadas. Y eso es muy peligroso porque tratan de llevarnos, amén del populismo, a renegar del orden constitucional.
Taro tuvo su vida en la España y la Europa de la época. Hoy nosotros tenemos la nuestra. La valía de la fotoperiodista y conocer su vida debe servir como lección histórica. Pero debemos hacerlo con suficiente madurez en aras de no confundir. No permitamos que rompan las libertades y derechos que gozamos como sociedad. Con sus luces y sus sombras, pero muchas más luces, la democracia representativa merece la pena y, en cambio, está siendo asediada desde los extremos. Y precisamente la Europa de entreguerras y la España del conflicto bélico se antoja una antesala a tener muy presente de cara a que no nos engañen. No consintamos otro 1936. No hay nada romántico en asesinar y causar dolor, sea en el frente o la retaguardia, para ensalzar ideologías al precio que sea. Que a España no retornen los bombardeos, el hambre y la venganza. El compromiso democrático, el respeto y querencia por el Estado de Derecho valen oro.










