Primera Plana

Columna de Rafael Álvarez Gil

“Guerra, dales caña”

“Guerra, dales caña”

Para los que nos socializamos políticamente antes del 15M, del que se cumple ahora el redondo aniversario de aquel 2011 de la indignación en el que España cuestionaba el bipartidismo y José Luis Rodríguez Zapatero daba sus últimos coletazos tras su ronda de recortes anunciado en mayo de 2010 en el Congreso de los Diputados, Andalucía era el feudo socialista por excelencia. En el imaginario colectivo del gran partido del centroizquierda, Andalucía era el referente por haber dado una mayoría social permanente y exportar a Madrid los liderazgos de Felipe González y Alfonso Guerra con la Transición.

Esta noche el PP ganará holgadamente y el PSOE obtendrá un resultado electoral escuálido con respecto a lo que cosechaba antaño. Letras pequeñas al margen, que serán precisas descifrar al calor del escrutinio, ya no queda nada de aquel PSOE del sur peninsular capaz de movilizarse al pitido del secretario de Organización en Ferraz; entiéndase, sobre todo, por Guerra.

El ‘sanchismo’ ha liquidado la estructura del PSOE, de aquel PSOE, y lo que deja ahora es un reguero de derrotas en las urnas como la que se atestiguará este domingo. Igual o más dolorosa que la del pasado diciembre de 2025 en Extremadura, la región del liderazgo de Juan Carlos Rodríguez Ibarra; un ‘guerrista’, por cierto.

La socialdemocracia en España se diluye entre la nada y las siglas territoriales. Pero nadie ejerce la vertebración estatal que, a la vez, haga contraposición al PP. El mal del ‘sanchismo’ es que lo sacrifica todo a cambio de un tiempito más en La Moncloa. Y no deja herencia. No habrá nada similar al PSOE, al de Guerra y compañía, cuando Pedro Sánchez sea derrocado del poder. Habrá tímidos intentos por rescatarlo, pensemos en alcaldes del sur peninsular, pero quedarán en poco frente al aparato ‘sanchista’ instalado en Ferraz. Sin ir más lejos, el manifiesto impulsado por Jordi Sevilla el otro día nadie lo recuerda ya.

Desde luego, el tándem conformado por González y Guerra tenía sus luces y sombras. Pero era estable. Otorgaba certidumbre al país y al PSOE. La legión de pensionistas que se emocionaban si tocaban o tosían a sus líderes sevillanos que, amén de retórica y malabarismos, eran capaces de aunar la tradición republicana del exilio con el ‘juancarlismo’ democrático. “Que España funcione”, sentenciaba González. Y mientras tanto Guerra se encargaba en los mítines de hacer creer que todavía había esencias que custodiar al amparo de las disquisiciones teóricas sobre el alcance de la socialdemocracia. Hoy no habrá nada de eso.