Primera Plana

Columna de Rafael Álvarez Gil

Sexo y revolución

Sexo y revolución

Hicieron el amor nada más comenzar la noche. Luego sucumbieron ante el sueño. Y de amanecida quedaron las sábanas blancas de aquellas horas más de complicidad y de tacto que de pasión, en las que se retozaron. Un sexo lento, despacio en las formas y repleto de caricias que aumentaron la confianza y la intimidad sobre la cama. Se querían. Ambos se habían besado al tiempo que ahora la ciudad daba la bienvenida al tímido sol. Compartían inquietudes. Y ambos llevaban, en la cartera y en el bolso, el carné de las Comisiones Obreras. Se olía a revolución del verano anticipado en el mes de mayo, en esas calles urbanas donde pronto el ajetreo confundiría a los unos con los otros.

La revolución del amor, del verdadero amor, sano y sin ego, no entiende de charranadas y frustraciones. Es un amor reparador. No hay soberbia. Es una entrega humilde, franca. Un compromiso diáfano como ese mar en calma que se brinda en la orilla de las playas de Canarias durante el tiempo que reina el sol en los días más cálidos, en esas jornadas en las que se conoce de antemano que las tardes serán largas.

Largas tardes para el beso. Largas tardes para el trago. Largas tardes para el abrazo. El amor concurre cuando dos miradas se dicen todo. Cuando la sonrisa es mucho más que una sonrisa. Y cuando lo humano supera, incluso, la ideología, comparten un cosmos que (al fin) responde al código de las personas y los valores que nos inculcaron.

En 1936 también había parejas que hacían el amor, otro amor, a la vez que se agitaba la revolución. Una invocación a la guillotina, al rencor, pues las guerras concitan lo peor del individuo y del vulgo. Mientras las bombas caían sobre Madrid y Barcelona, otras parejas (quizá, con inocencia) creían que otro mundo era posible. Se repartían besos como otros muchos hacían lo propio con torturas, pelotones de fusilamiento y brigadas del amanecer. En aquella España demediada imperaba el caos, con la salvedad de algunas habitaciones donde contadas parejas se querían, de verdad; que ya es mucho quererse cuando asoman las miserias y las envidias.

Mal asunto cuando las personas son anuladas por el sectarismo. Y bien cuando se quieren y, por tanto, desean lo mismo con el resto. En una sociedad desdichada y desigual, permanece intacto el hambre amante del respeto.