Una de las inquietudes recurrentes en las sociedades, y que se manifiesta cada cierto tiempo, es si vamos a mejor o, en cambio, retrocedemos. Al calor de la Gran Recesión de 2008 y todos sus efectos, Mario Vargas Llosa se preguntó dónde estaban los intelectuales. Desde luego, nadie le contestó. Mas él cumplió con su deber al brindar la duda y pertinente pregunta. El escritor agitó la conciencia desde la madurez, que necesariamente no va asociada a la edad: hay jóvenes maduros y personas provectas estancadas.
El Derecho es un instrumento y no un fin. Me refiero a la norma. El Derecho solo es un fin en la medida que atienda la búsqueda de valores concretos. Entiéndase, también, el humanismo desde que la Ilustración espoleó las revoluciones liberales que derrocaron el Antiguo Régimen.
La capacidad y brío de un jurista lo expone su forma de razonar que va unida a su capacidad de escribir y haber leído. El jurista que se ciñe a la ordenanza, reglamento o normas de gestión, en el mejor de los casos es un simple burócrata y, en el peor, una persona anclada en el tiempo que se ha limitado a vegetar, sestear e hipotecarse a sus limitaciones.
Si el jurista no progresa, la sociedad queda petrificada. No hubiese habido revoluciones liberales y, por tanto, Estado de Derecho ni nada parecido a los derechos fundamentales. Es más, los derechos fundamentales son una conquista (cruenta, por otra parte) frente al cesarismo, el absolutismo y la concentración de poder. Vamos, es la Historia (en esencia) del Viejo Continente.
La batalla de la inteligencia (curtida, trabajada) sobre la sinrazón es la narración del combate entre la bondad y la maldad. Precisamente, la maldad es mecanismo que aflora en la persona pacata como parapeto a sus limitaciones. Por tanto, cubre sus lagunas con maldad. Es la defensa natural del mediocre. Obviamente, la sociedad no avanza a lomos de la mezquindad. La buena noticia es que, antes o después, la mediocridad decae; es destronada en la empresa, la oficina, la fábrica y la Administración de turno. Al final, se impone el principio de realidad. Que es la vida y la necesidad de movimiento. Eso sí, no sean presos de las mentes angostas con las que se ven compelidos a compartir horas de trabajo. Nunca se supediten al ego gris que trata de taponar al resto. Perseverancia y razón, lectura y argumento, ante los insulsos e insulsas abonadas a la vulgaridad de su estrechez de miras.










