Se confirmó el peor presagio que dejó la tarde del lunes: el fallecimiento de Jesús de Miguel fruto del golpe causado por el portero del Andorra, Jesús Owono. El delantero fue a lo suyo, que es jugar, y el otro entró a sacó sin pensar en las consecuencias que tendría. Pero es lo que ocurre cuando el fútbol deja de ser fútbol y la energía entregada dentro del campo se pasa de rosca, con frecuencia nimbada por el odio al enemigo (que no un simple adversario) y la fuerza desmedida ante la cosificación del otro.
Ahora comenzará la deriva judicial. No es asesinato. Pero sí un (presunto) tipo de homicidio. Alguno intentará que no haya juicio, jugando al despiste, y otros querrán que se haga justicia. Algo tendrá que decir la Fiscalía cuando el homicidio ha ocurrido producto de una jugada acaecida en lo que era un presunto espectáculo del deporte. Y, para más inri, en los minutos del descuento; cuando estaba el partido apagándose.
El guardameta del Andorra, Jesús Owono, desearía cambiar la vida de Jesús de Miguel por una derrota. Y que los tres puntos se quedasen en el estadio Heliodoro Rodríguez López. No ha sido el caso. Y este trance le perseguirá el resto de su vida; da pena porque no sería su intención aunque no tuvo la delicadeza debida y se volvió a la península la misma jornada y no pernoctó en la isla para ver cómo evolucionaba en el hospital el jugador del Club Deportivo Tenerife.
Qué triste cuando el fútbol deja de ser fútbol. Algo que sucede a menudo en los campos de césped y de tierra de las divisiones inferiores, juveniles e infantiles, y las aficiones o padres (que no madres) se increpan mutuamente para mal ejemplo de la chiquillada. Claro, si luego al máximo rango suceden estos episodios en el que un futbolista (sin quererlo) le quita la vida a otro, ¿qué se puede esperar? Ojalá sirva de reflexión colectiva y para descender los decibelios en un deporte que hace mucho que es solo (o casi) negocio. Ya esto no tiene vuelta atrás: ni para el delantero blanquiazul ni para su familia, ni para el cancerbero. Será en la vía judicial donde deba decidirse si se consumó el homicidio, si merece reproche penal. Y si se confirma el homicidio, si concurrió dolo, imprudencia… Los penalistas están para eso. Y algo es evidente: nunca tenía que haberse llegado a esto. La justicia dirá. Pero jamás este portero, o quien fuese, puede tomarse el fútbol como una guerra.










