Las series de televisión reflejan su tiempo. Son un producto sociológico de valor: te desmenuza la sociedad. Cuando irrumpen las cadenas de titularidad privada a comienzos de los años noventa, tiran con frecuencia de ese formato para concitar la expectación de la audiencia en las noches, especialmente. Una de las que asomó en la pequeña pantalla fue ‘Lleno, por favor’ (1993), que duró solo una temporada con 13 episodios. Narraba la vida de una gasolinera en la meseta regentada por Pepe (que es Alfredo Landa) que «solo cree en Dios, en Franco y en don Santiago Bernabéu». Era el dueño del negocio y le acompañaba su hija (interpretada por Lydia Bosch).
Una parte importante de la trama transcurría por los pretendientes que la rondaban. Atraía los chicoleos al uso de hombres que, con mejores o peores intenciones, pasaban por allí a repostar. La hija, en edad de merecer, es el amor inconfesable justo de uno de los trabajadores. En realidad, es un tanto pueril pues (a buen seguro) ella lo notaría desde el primer capítulo; de hecho, al disponer las mujeres de más inteligencia emocional que los hombres, lo advierten de lejos. Así y todo, y como la serie tiene que vivir de algo, lo que subyace es esta historia de amor mezclada con las andanzas y desventuras propias del negocio.
Eso sí, uno de los episodios es un alegato contra lo absurdo y los horrores de la Guerra Civil. Resulta que van a filmar una película por la zona y tiran de Pepe (Landa) para que haga de combatiente del llamado Ejército nacional, del que participó antaño. Como es un nostálgico, acepta el papel; en cambio, una vez en acción y ante las cámaras el personaje torna y confiesa que aquello nunca tuvo sentido. Que una guerra, y encima entre hermanos, es una masacre.
A un servidor la serie de marras y el protagonista le recordaba a Juan Diego Falcón González, dueño de la estación de servicios de El Cubillo y fallecido precisamente este 2026. Un día, en una de las tantas conversaciones que tuvimos, no me resistí y le pregunté a Juan Diego si en su momento la había visto en Antena 3 y me contestó que no; seguro que era porque no paraba de trabajar, máxime en aquellos iniciales años noventa en los que todavía quedaba mucho por hacer. Mas lo paralelismos de ambas gasolineras (la ficticia de la península y la real de Telde) me sobrevenían. Y sendos empresarios, a su manera, también compartían algunas querencias. Las series son reflejo indudable de la realidad.










