Primera Plana

Columna de Rafael Álvarez Gil

Combatir la decadencia

Combatir la decadencia

Santo Tomás de Aquino nos advirtió de que hay que temer al hombre de una sola lectura. Lo que viene a ser una seria invitación a serlo de muchas y, por tanto, aceptar incurrir en el debate con uno mismo y con los demás que conlleva el afán de superarse intelectualmente. Rebatir con lecturas sugerentes las propias creencias y convicciones ideológicas o lo que se tercie, permite reafirmar los principios de inicio o, igual de sano, abrirse a otros matices o postulados. En esa conjugación de premisas dispares, más o menos conexas, está el jugo y sapiencia de la democracia. El respeto al pluralismo ordenado.

Sin embargo, a lomos cibernéticos del mensaje corto que inunda la sociedad, la reflexión se pierde. No se puede atisbar horizontes más amplios y mejores, o alejarnos directamente de los peligros, si tornamos en palafreneros del dogmatismo de una sola idea; de un solo libro, como nos diría el santo. Ese nexo de ostentar tan solo un enunciado a modo de argumentario para escupir en la barra del bar, en la playa al cuñado o en las redes sociales, simplemente nos pauperiza intelectualmente.

La desgracia es que esta tendencia social ha llegado a los espacios públicos de representación. Las organizaciones políticas son cada vez más cerradas, seguramente como método para sobrevivir dada su debilidad creciente posmoderna, y gana enteros el ‘carrerismo’ que hace que la vida de numerosos dirigentes esté hipotecada a las listas electorales que, a su vez, las confecciona el mandamás de turno o una patulea de sargentos chusqueros que viven de lo mismo.

Tu calidad la denota la capacidad de contraste a la que estás dispuesto a someterte. Ese entrenamiento, esa gimnasia mental, es la diferencia entre la civilización y la barbarie. Dos extremos antagónicos que, además, en medio albergan diferentes grados y grisuras. Esto es, la decadencia de una sociedad (de una democracia) no se ejecuta de la noche a la mañana, sino que viene acompasada por bajadas escalonadas en las que imperan la sinrazón, el sectarismo, el odio y demás males de toda laya que ya conocemos hoy. Muy lejos no debemos estar ahora de esa violencia verbal que reinó en la Europa de entreguerras, de esa exaltación ideológica desde los extremos que enaltece la ideología a modo sacrosanto y desdeña el valor de la persona, del otro, piense o no como tú. De ahí, de esa bendición engañosa de lo propio, a la pérdida civilizatoria el trecho es corto. Europa lo experimentó, por segunda vez, de 1939 a 1945. Que el atrevimiento del ignorante no nos venza.