No se puede comprar. Ni en Melenara ni en Madrid ni en Tokio. El tiempo no se compra. Y, encima, cada vez pasa más rápido. La velocidad de su transcurso es pareja al avance de los años. O lo que es lo mismo: a medida que vas apreciando su valor, por su escasez, más te percatas que no hay manera alguna de adquirir tiempo. No hay una bolsa de horas en la planta de ocasiones del centro comercial. Y el tiempo no distingue de clases sociales. Cuánto daría Florentino Pérez, tan retrechero en la rueda de prensa, por hacerse con un puñado de años a cambo del dinero que hiciera falta.
Por otro lado, si tienes un mínimo de conciencia, si no eres un sinvergüenza, que los hay y muchos, adquieres a la par otro dilema a disipar: ser capaz de ser congruente contigo mismo mientras has ido celebrando cumpleaños. Es decir, que tengas 40, 50 o 80, los que sean, puedas mirarte en el espejo y reconocerte. Sí, reconocerte; con todo lo que conlleva. Que el rostro que te devuelva la mirada sea más o menos aquel por el que pelaste toda la vida. Con sus errores, con sus aciertos, pero manteniendo siempre tu esencia.
Claro está, si fuiste un fulero en la adolescencia y juventud y sigues siéndolo, cada vez el margen de maniobra para revertirlo es menor. Quien nace lechón muere cochino. Es más, los que tienen la cara de cemento, hacen todo lo posible por aumentar hormigón a sus fachadas cotidianas. Cuántas veces bajarás en el ascensor al zaguán escoltado por bellacos de tomo y lomo, y tú sin saberlo… Demasiado tienes con vivir.
La nostalgia es, en realidad, una aspirina que trata de sosegar ese ajetreo del tiempo que se nos va de las manos. Si empiezas a añorar, a estimar con mayor tino aquello que ya se fue, más se calma el nervio presente de saber que todo se va al carajo.
Es libre aquel que gestiona su tiempo lo máximo posible. El que el lunes decide que no va a trabajar o que prefiere pasar la tarde en una terraza con una cerveza mirando al mar, seguramente saborea la vida mejor que el resto (la mayoría) que andan atrapados por sus ambiciones y agendas. Lo mejor del verano son precisamente las terrazas. En Canarias las tenemos todo el año. El clima acompaña. En la terraza te viene a la mente el pasado: tanto lo acontecido como aquello que podía haber sido pero que finalmente no fue. Amores, oportunidades, risas, anécdotas… La soledad de una terraza de agosto es el mejor confesionario.










