Hace tiempo que el noviazgo entre la ciudadanía y los políticos, la mal llamada clase política, o casta a rebufo de la crisis financiera de 2008, se ha roto. Hace mucho, por tanto, que el representante público (sea del color ideológico que sea) se observa a pie de obra como una especie de extraterrestre mutante. Dicho en plata, una persona sin escrúpulos, capaz de cambiar de criterio de un día para otro. Un artista del malabarismo. Vamos, un mentiroso de tomo y lomo. Pocos creen ya en el político o la política.
Cuando fue aupada institucionalmente María Guardiola, líder de los populares en Extremadura, enseguida destacó porque hizo una defensa (aparente) de no pactar con la extrema derecha. Así como en Alemania, de momento no hay duda y el centroderecha no quiere saber nada de los extremos, en España fue precisamente Guardiola de las que se descolgaron de Vox desde primera hora.
Lo hizo seguramente desde el convencimiento de que Extremadura fue feudo electoral socialista, tierra de señoritos y sufridores, con hambre de justicia social y afán por la moderación. La lectura era correcta. Y Guardiola quiso sumarse a la vía de Juanma Moreno que es, al fin, la de Alberto Núñez Feijóo. Enseguida las palabras de Guardiola fueron aplaudidas desde diversos sectores. Sin embargo, a poco que la aritmética parlamentaria no le ha dado, ha cambiado de opinión de la noche a la mañana. Así pues, lo mismo que le critica el PP a Pedro Sánchez una y otra vez (sus bandazos), se lo aplican ellos mismos.
Ahora Guardiola acuerda con Vox para gobernar en Extremadura. Feijóo teme que se contagie la noticia a Andalucía y le fastidie la mayoría absoluta a Moreno. Pronto lo sabremos. Pero no gusta nada ese mensaje con tufo racista de que los servicios públicos hay que comenzar a cribarlos a favor del macho o hembra patria. En la Europa del periodo de entreguerras, en Alemania, comenzaron así. Y, poco a poco, la colaron hasta el exterminio del pueblo judío y el inicio de la Segunda Guerra Mundial en 1939. Quiero pensar que no es el caso, que lo de Guardiola queda en pataleta de patio de colegio. Pero es sintomático en la medida que hace solo un par de años, Guardiola ni la mayoría de los representantes públicos hubiesen dicho cosas similares a las que pronuncia ya el PP, presionado por la ultraderecha. Cuidado. No es grano de anís.










