Hay algo peor que la guerra: acostumbrarnos sin más a la guerra. Normalizar la situación bélica. Que el conflicto a son de las armas sea la norma. Y León XIV defiende la cultura de la paz, le pese a quien le pese, aunque sea el mismísimo presidente de Estados Unidos. Donald Trump entra en choque con el papa porque desde Roma se denuncia el ardor bélico del mandatario. Y el ‘trumpismo’, que no está acostumbrado a que le pongan límites, se enfada.
Cuando se permitió, por acción o por omisión, el genocidio de Israel contra el pueblo palestino en la franja de Gaza, se estaba abriendo la veda. Aquello tiene y seguirá teniendo numerosas repercusiones. Los genocidios dejan estelas dolorosas durante décadas. Desde luego, favorece el desmoronamiento del orden internacional, mas también permite una barra libre que solo ayuda a los intereses de los poderosos. Y en esas estamos.
Ahora bien, si Trump arremete contra las declaraciones de León XIV es señal que le hace daño. Cuestiona su poder y merma electoralmente sus posibles; es decir, todo lo que le duele a un político. La diplomacia vaticana hila fino. Lleva su propio ritmo y no puede seguir el escalonamiento de los demás pues sus tiempos y horizontes son otros. Que Trump reaccione contra el papa, indica que lo dicho desde Roma importa.
No podemos dejar patente de corso al ánimo bélico ‘trumpista’ o de quien se tercie. Estamos obligados a ir a mejor, a seguir las derivadas de a Ilustración y el Derecho Internacional que se ha ido construyendo poco a poco. No debemos tirar la toalla y que las relaciones internacionales se ciñan a la ley de la selva.
Por eso es sustancial que León XIV haya dicho lo significativo que resulta preservar la paz. Trump no acepta alocuciones de este estilo por parte de nadie, tampoco del papa. Otro representante en su lugar, cuando menos, adoptaría la cautela si el pontífice habla de esta manera. Sin embargo, Trump se jacta, se crece en su soberbia. Una soberbia que, en términos evangélicos, precede a la caída. Antes de la caída hay una demostración ufana, y esto vale en todos los niveles de la vida, con independencia de si es en lo poderoso o en lo cotidiano. La soberbia del ‘trumpismo’ tendrá un final. Aunque la Casa Blanca no lo crea ahora. Y esto sí lo sabe perfectamente el papa, que juega en otras latitudes, en otro reino.










