Primera Plana

Columna de Rafael Álvarez Gil

La boda de Amelia

La boda de Amelia

Corría la década de los años noventa cuando Amelia se casó. Tras un noviazgo incipiente, los chicoleos al uso y las idas y venidas de rigor ante las familias respectivas, ella se embaucó en el matrimonio con Fernando. Amelia lo hizo con ilusión, candor e ingenuidad. Se subió a una nube emocional de la que nadie era capaz de bajarla. Y eso que la madre llegó a advertirla si estaba realmente segura de lo que iba a hacer. Pero ella, enamorada, o creía que lo estaba, se lanzó con el entusiasmo que solo las mujeres son capaces de ofrecer para afrontar una relación. Una mujer enamorada no tiene ejército que la frene. Fernando, en cambio, pasó por la sacristía de manera anodina, como un trámite más, como el que se toma el cortado de media mañana. Donde ella vio amor, un presunto o falso amor, él vio comodidad, resolución de la vida doméstica y sexo asegurado. Un sexo ausente en 2026 que suple consumiendo pornografía en el ordenador.

Las mujeres hacen una inversión emocional cuando mantienen una relación con otra persona. Los hombres, sin embargo, estilan un aquí te pillo, aquí te mato. Donde Amelia caviló un traje de boda blanco y reluciente, entrando en la iglesia de la mano de su padre, Fernando contrajo matrimonio con la misma grisura con la que antes cumplió con el servicio militar.

De aquella boda solo queda un VHS que resume la jornada. Esa cinta sestea hoy en el sótano. Olvidada. Sin que nadie, ni tampoco los hijos, ostenten el coraje suficiente de visionarla, para no desatar sorpresas ni abrir la caja de Pandora. De ese destello noventero no queda nada, solo el compañerismo de los que comparten casa aún por miedo a la soledad, resistencias a entablar la división patrimonial y la inercia añeja de un mundo disipado.

El VHS recoge las imágenes de unos invitados alegres en el banquete, mientras vociferan vivas a los novios y bailan la ‘Lambada’. Muchos de los que salen retratados, hoy están muertos. Mas protagonizaban la viveza en la boda de Amelia como extracto de aquella España sometida a la resaca de grandeza del verano de 1992, al compás de los Juegos Olímpicos de Barcelona y la Exposición Universal de Sevilla. La boda de Amelia, en suma, era una más en esa España que galopaba hacia la modernidad sin que todavía llegase la borrachera de la burbuja inmobiliaria y el dinero fácil.

Amelia, ya madura, con una riqueza emocional inestimable, conociéndose a sí misma mejor a estas alturas, no sabe qué hacer con la fotografía de la boda postergada en una esquina del salón; al tiempo que Fernando se ciñe a ver la televisión sentado en el sofá, sin rastro de pasión alguna, si es que algún día llegó a tenerla.