El periodismo ostenta un elemento intrínseco de intermediación. Interpretar, contar tal cual, la realidad para trasladársela a la audiencia. Y, desde luego, hacerlo con honestidad al margen del pensamiento de cada uno y utilizando siempre las reglas del oficio. Una larga estirpe en el siglo XX que deja nombres como el de Diego Carcedo, fallecido el pasado domingo.
Reportero, arrastrando el aura romántica que impregna al corresponsal, y testigo de excepción de la Revolución de los Claveles en Portugal en 1974, cuando justo España observaba la agonía de la dictadura franquista, estuvo en Vietnam. Y Vietnam es el conflicto clásico de la Guerra Fría protagonizado por Estados Unidos y la Unión Soviética desde la distancia. Un eje cardinal de ese siglo XX para esos periodistas, hoy tan denostados injustamente desde las redes sociales.
Y esto último no es casualidad: los populismos de toda laya cargan contra los periodistas en aras de dinamitar los regímenes democráticos establecidos. Sistemas democráticos con contrapesos (entre ellos, el periodismo) y garantes del pluralismo y defensa del Estado de Derecho que propician la centralidad, la moderación y frenan precisamente los afanes de esos populismos referidos. De ahí, que los extremos ideológicos traten de machacar la imagen de los periodistas; de esos periodistas, como Carcedo, que forman parte de la memora emocional de varias generaciones.
El asturiano, con vínculos familiares con Canarias, fue director de los Servicios Informativos de TVE (1989-1990) y director de RNE (1991-1996) durante el largo ‘felipismo’. Dejó huella en la casa y en el gremio pues enseguida se multiplicaron las reacciones, más allá de la institucional, cuando se conoció la noticia de su fallecimiento.
Honrar a periodistas como Carcedo conlleva una cultura informativa que toca cuidar y enseñar desde las escuelas. Contrastar, diferenciar la veracidad de la falsedad que cunde a raudales, leer, estar despierto ante la actualidad que sobreviene… son hábitos de un oficio para el que hay que prepararse. Por eso el periodista tiene una función de intermediación, de conexión, que no puede ser suplantada sin más. Existe la comunicación, cómo no, al alcance de cualquiera; mas eso no implica el periodismo ciudadano que agitan los tecnócratas que espolean al ‘trumpismo’ y demás populismos de todo pelaje. Es más, cuando esos populismos a izquierda o derecha comienzan su declive en las urnas (baja entonces la espuma de la cerveza de la ola contestataria que le ha precedido) es cuando atacan a los medios de comunicación endosándoles la responsabilidad de su propia caída. Eso ya lo dice todo, lo aclara todo.










