Primera Plana

Columna de Rafael Álvarez Gil

Somos nazarenos

Somos nazarenos

Los desengaños nos cincelan. Las decepciones, siempre hondas emocionalmente, sinuosas en las marcas dejadas, nos comprimen y otorgan forma a nuestro cuerpo y alma. Somos, por tanto, también nuestras derrotas cotidianas y vitales que trazan nuestro itinerario. Se aprende más en la derrota que en la victoria. La derrota prepara, te predispone aun con mayor fuerza recobrada para batallas futuras.

Por eso lo importante, al fin, es recobrar el ánimo y superarse. Integrar la derrota, su dolor. Superar la derrota. Porque solo así la vida desplazará a la muerte. La vida se hará mayúscula y la muerte minúscula. Y este es el reto que cada uno de nosotros tiene pendiente y que solo la conciencia, la madurez reposada, atestigua su importancia.

Los matices son a la vida lo que la luz a la oscuridad. Y con los años calmas la mirada, la detienes en aspectos antes desapercibidos. Y observas. Y los que fueron creciendo junto a ti, por igual en edad, mayores o menores, prosiguen el reto al que tú igualmente estás convocado. Y con el transcurso del tiempo valoras a cada uno según su peso, su peso moral. La grandeza de las virtudes se aprecia con el tiempo. Y es el tiempo el que pone a cada uno en su sitio.

Somos nazarenos ante la vida. Porque ser nazareno es vencer, sin previamente saberlo o sentirlo del todo, salvo excepciones, a la muerte. Mas el nazareno se achica con los años, encoje el alma en su vida recoleta donde lo que era supuestamente importante ya no lo es y se torna en realmente transcendental lo que antaño no calculaste. La vida es un proceso progresivo en lo terrenal que tumba a la muerte, aun sin saberlo.

La responsabilidad individual correctamente administrada, bienaventurados los limpios de corazón, es la que eleva a la vida por encima de la fatuidad del ego, el ensalzamiento del dinero y la huera sabiduría impostada al servicio del interés angosto y no de la vida y del bienestar colectivo. Somos nazarenos porque la vida nos reclama desde que adoptamos conciencia de la existencia, propia y del prójimo. Y es en la vida mundanal donde debemos, poco a poco, a pesar de los desatinos y desengaños, rencontrarnos para empequeñecernos ante uno mismo y frente al resto. No hay santidad sin humildad. La crueldad es un elemento distintivo de la maldad. La soberbia trabaja para los diablos. La humildad es la esencia de todo lo demás. La humildad está presente tanto en la vida como en la muerte. La humildad lo yuxtapone todo para cerrar nuestro ciclo vital.