España son grises. Y sin esos grises no se entiende España. Arturo Fernández (1929-2019), que pidió el voto a la UCD en las primeras elecciones generales de 1977, cuando el ‘suarismo’ estaba en el apogeo de su ola, y luego fue próximo al PP, era hijo de un anarquista. Un combatiente de la Guerra Civil con la CNT en la zona republicana en el norte peninsular que, con la caída de Asturias, se buscó la vida para dar un rodeo y llegar hasta Cataluña para seguir luchando contra el llamado bando nacional de Francisco Franco. La derrota de 1939 la pagó con veinte años de exilio. El hijo de ese anarquista, Arturo Fernández, asturiano, triunfó en el teatro y cine de la España de la dictadura, la Transición y la democracia.
Su lista de obras es enorme y pronto se popularizó. Ya en los noventa, con la democracia consolidada, tuvo un papel estelar cuando emergieron las primeras televisiones de titularidad privada. En Antena 3 fue protagonista en la serie ‘La casa de los líos’, donde compartía escuadra con Lola Herrera y Florinda Chico. La serie tuvo éxito y se alargó cuatro temporadas (1996-2000).
Coincidió su proyección en la pequeña pantalla con la primera legislatura de José María Aznar. La sociedad había pasado página al largo ‘felipismo’ (la amarga victoria y dulce derrote, que diría Felipe González en 1996) y Aznar echaba redaños para encauzar la entrada de España en el euro mientras se vislumbraba en lontananza la burbuja inmobiliaria. A mediados de la década de los años noventa aún no es el país de los nuevos ricos que sobrevendría pronto y donde todo el mundo se creería (falsamente) ser clase media; todavía se arrastra los cimientos sociológicos (matizados) de los ochenta. En la referida serie, el actor (que hace de galán pícaro en negocios de poca monta) tiene la chispa de disponer en el cajón de su despacho tanto de un retrato de González como otro de Aznar, para ponerlo encima de la mesa en función de las querencias del cliente de turno a recibir.
Arturo Fernández y la serie tuvieron la habilidad de conectar con unos pensionistas como espectadores que habían sido adultos durante el franquismo y más que padres y madres con la Transición. Si no por ellos mismos, que también en la niñez, habían conocido a través de sus progenitores los horrores de la Guerra Civil y el siglo XX español. ‘La casa de los líos’ se emitía los domingos y amenizaba la lata de tener que volver a la rutina al día siguiente. Fue un producto sociológico de la España del bipartidismo en su esplendor en la que Arturo Fernández, un truhan simpático, concitaba a las familias semana tras semana. Triunfó.










