La Historia es la que es y es un gasto inútil en esfuerzos pensar cómo hubiera sido de no haber ocurrido esto o lo otro, mas sí interesa (y mucho) adentrarse en episodios concretos y cómo han quedado para la posteridad. Uno de ellos, en el siglo XX español, es (con creces) el atentado de ETA contra el almirante Luis Carrero Blanco el 20 de diciembre de 1973, a la sazón presidente del Gobierno del franquismo. Para más inri, aquella mañana comenzaba el juicio del Proceso 1.001 contra la dirigencia de Comisiones Obreras (aún unas comisiones en minúsculas y clandestinas). Así y todo, un gerifalte del régimen franquista como Carrero, hombre de confianza y cerebro detrás del dictador, ha quedado con el transcurso de las décadas sepultado por la forma en la que murió. A todas luces, mucho tiene que ver el logrado montaje en la película ‘Operación Ogro’ (1979), dirigida por Gillo Pontecorvo.
Suele tomarse la muerte del almirante por parte de ETA como el punto de inicio para la aproximación y estudio de la Transición. Por tanto, ‘a sensu contrario’, la prolongación del franquismo sin Franco teóricamente podría haber tenido opciones de seguir vivo el cántabro. Subrayo, a estas alturas no tiene sentido diseccionar futuribles que nunca se produjeron, pero sí entender hasta qué punto el referido atentado es crucial para que haya incipientes movimientos en el régimen franquista, aún bajo la influencia del búnker nostálgico del 36.
Eso sí, incipientes movimientos que son fruto de una carambola pues el sucesor del almirante es Carlos Arias Navarro que de aperturista no tiene nada. Es más, Arias es precisamente premiado indebidamente al ser nombrado presidente del Gobierno y sucesor de Carrero cuando su responsabilidad anterior como ministro era velar por la seguridad del Estado. Solo se puede asumir como una jugada de billar propia de las camarillas y confianzas en El Pardo capitaneadas por Carmen Polo. Y para que el aperturismo del régimen gane enteros, ya con Franco muerto y Juan Carlos I como rey ejerciente, fue imprescindible quitarse de encima el Gobierno de Arias.
Hoy cuesta interiorizar que entonces ETA gozó del aplauso, complicidad o respaldo pasivo de una parte de la sociedad. Es decir, hubo una parte de la población que veía como inevitable la violencia en la medida que persistía la dictadura. El atentado contra el almirante descorchó muchas botellas de celebración, especialmente en el País Vasco y en el exilio francés, aunque quizá no tantas como el mito alarga hasta la actualidad. Dos años después, Franco muere y, recalco, carece de lógica entrar a desbrozar qué hubiera acontecido de seguir vivo todavía Carrero. Pero tan innegable es que arranca la Transición (documentalmente) con la voladura del coche oficial como que, desde entonces y hasta el presente, la vida y trayectoria del almirante queda reducida al fotograma del vehículo volando, gracias al cine.










