Primera Plana

Columna de Rafael Álvarez Gil

Tránsfugas de cemento

Tránsfugas de cemento

Los tránsfugas han perdido la vergüenza. Y eso es muy mal síntoma de cómo anda la democracia representativa. Antes, al menos, el tránsfuga (o la tránsfuga) sentía bochorno, se recataba y asumía que su decisión de corrupción electoral no era decorosa. Hoy, en cambio, siguen sin más ante la opinión pública; incluso, hacen como si no pasara nada y están a solo un paso de hacer gala de ello. A este ritmo, harán un club de tránsfugas. Mal para la política, mal para la democracia.

En 2003 se produce el ‘tamayazo’ en Madrid. Dos diputados socialistas desaparecen e impiden la investidura del segundo más votado (de su partido, en un pacto con IU) para luego forzar unas segundas elecciones donde ganará el PP. Se rompe el parlamentarismo. El ‘tamayazo’ es, a buen seguro, el punto álgido de repulsa al transfuguismo en España. En una España, por otra parte, espoleada por la burbuja inmobiliaria, el dinero a raudales y el crédito fácil. Aquella España la pinchó la Gran Recesión de 2008.

En Gran Canaria asistimos a una oleada de transfuguismo. Es un mal ya generalizado. No son casos puntuales que pueden responder a cuestiones de conciencia o episodios desagradables dentro de una formación a modo de violación de la intimidad personal, y cosas por el estilo, es directamente un transfuguismo de barra libre sustentado en el sálvese quien pueda en medio del ‘carrerismo’. Un culebrón nada edificante que degrada la calidad democrática.

No obstante, no hace mucho, hasta hace dos décadas mal contadas, una infinidad de concejales y cargos públicos se jugaban la vida en el País Vasco por unas ideas que vehiculaba el partido por el que se habían presentado ante la ciudadanía. Eran planchas de mujeres y hombres valientes que, en su mayoría, tenían más que perder a que ganar por meterse en política. Ir en esas candidaturas era jugarse la vida. Personas comprometidas y dignas de elogio. Eran ediles populares y socialistas (principalmente) que dedicaron su esfuerzo y coraje a mejorar la vida de sus vecinos desde sus convicciones ideológicas respectivas. Llevaban escolta, su libertad era amenazada a diario. Y luego retornaban a sus quehaceres; eso, si antes ETA no los había fulminado con un tiro en la nuca o una bomba pegada a los bajos del coche. Por el contrario, ahora presenciamos un circo del transfuguismo donde no concurren principios ni nada por el estilo. Se esfumó la palabra dada. Todo vale por ir casando cargos institucionales de un partido a otro y tiro porque me toca. Banalizan la democracia representativa y la sociedad pierde. Este chalaneo nos sale caro.