Primera Plana

Columna de Rafael Álvarez Gil

Confieso, padre

Confieso, padre

Ave María purísima. Sin pecado concebida. Confieso, padre, que a medida que crezco las preguntas que me hago son más hondas como simples pero desnudan en la sobriedad, y que el silencio es la única respuesta que hallo. Que la contemplación introspectiva y la advertencia en los detalles, en mí y en los demás, son resguardo anticipado de un camino a desbrozar que solo Él conoce pero que atravieso, en un recorrido sempiterno, y descubro que las certezas humanas son, en realidad, suyas (y obra de su gracia) y que los reveses y miserias (que no le doblegan) es el otro lado de la tarea ingrata de la vida que solo puede ser amada, honrada y peregrinada desde la libertad.

Confieso, padre, que la muerte únicamente puede ser interiorizada de antemano por la paz de la tranquilidad de la conciencia y que despeja los egos altivos, bellacos timoratos y ruines taimados que pululan en el mundo terrenal y que tropiezan, de una forma u otra, en nuestro transitar individual y colectivo. Que la verdad es cada vez más verdad, y no hay falsedad que retumbe en la eternidad. Que todo se descubre porque la vida vence a la muerte. Que lo corporal y el pecado se allanan ante la justicia divina que aún debemos explorar mas nos brinda destellos que alimentan nuestra alma.

Confieso, padre, que atisbo su justicia silenciosa a la par que la madurez, del resto y mía, hace de las suyas, pues el transcurso del tiempo es inapelable. Y que los rostros no dejan de ser remedos de imperfecciones que esconden la lucidez o la vergüenza. Que los egos son cada vez más egos y que los humildes aguardan tal como están a la espera de su llamada. Que toda noche culmina en su luz. Que toda mentira y disfraz del maligno es superada por la transcendencia a la que invita con la vida dada.

Confieso, padre, que la muerte azarosa distrae los quehaceres de la rutina pues nadie quiere conocerla ni experimentarla y es, por tanto, más fácil aventurarse en las minucias y afanes cotidianos de la existencia. Aunque atestigua que el bien es cada vez más bien y que el mal lo es otro tanto, encarnándose en personas lejanas y cercanas que son fuente de sorpresa. Que el misterio de la vida lo es en los demás, pues atinarás rasgos adelantados de lo que sobrevendrá tras la muerte. Y que concurrirá entonces el llamamiento de almas y la separación del trigo de la cizaña. Que confieso ante Dios todopoderoso que no encuentro más contestación por ahora que el sigilo, la introversión y el culto en calma hasta que el dictado del tiempo desfallezca en la insipidez terrenal que claudica frente a su voluntad. ‘Ora pro nobis’.