Primera Plana

Columna de Rafael Álvarez Gil

Los otros veranos

Los otros veranos

Hay un tiempo joven, adolescente, en el que los veranos son un asueto, una meta a alcanzar. El premio a un esfuerzo previo en el que, de repente, llegado mediados de junio, se abre un escenario en el que remoloneas por las mañanas en la cama, las sobremesas irrumpen, se revela la siesta y las noches se hacen más largas. Es un ciclo de descubrimientos, de vida y amor. En los otros veranos, uno de ellos, dejas de ser niño y te penetra la perspicacia de que las cosas no son como aparentemente creías. Los adultos se tornan en figuras que irradian matices o decepciones. O atestiguas su bondad y honestidad. En esos otros veranos unos son los que realmente pensabas de antemano que eran (o simplemente lo sentías) y otros te causan un desengaño. En esa juventud, en esa adolescencia, te ves compelido a comenzar a desbrozar tu trayectoria vital con respecto a terceros. Y cada casa es un mundo.

La madurez se alcanza, en verdad, cuando los veranos dejan de ser la excepción para convertirse en regla. Y eso es lo difícil. Si logras que todo el año sea un verano retórico, es que tu vida anda francamente bien. Eres congruente. Y, por tanto, eres razonablemente feliz. Eso es: una felicidad razonable. No pidas más. Los hay que se creen que la felicidad es que impere su ego. Y, en cambio, la vida es tan confusa o contradictoria, te pega cada portazo… Que reine tu criterio de la felicidad es como pensar que la justicia de los hombres debe ser la justicia divina anticipada. Una niñería, un imposible. La vida supera a la norma. La vida desborda las mañanas en los pasillos de los juzgados.

Acumulamos cromos de alegrías y desengaños. Como los que manejábamos en las manos de futbolistas que se preparaban para la temporada a estrenar que todavía estaba por llegar. Agosto era un cálculo de previsiones y atinar con qué equipo se dirimiría el tuyo al comienzo del campeonato y dónde serían los primeros encuentros. Septiembre entonces se antojaba un escaparate en lontananza por saborear, aunque luego lo sobrepasara la rutina con su ritmo y tamborileo de despertadores.

Si haces del año un verano permanente, es que eres adulto. Y, lo más importante, un adulto razonablemente feliz. Y ese adulto mira a lo lejos aquel adolescente que descubrió el pudor, los silencios y las miradas a los rayos de sol posándose en las paredes para ir entendiendo, poco a poco, que había sombras engañosas por evitar y luces a querer por dar luz de verdad. Valores cuya importancia alcanzas a hallar con los años.