Una persona solo se realiza si logra desatarse de las cadenas mundanales de la maldad, la ruindad, lo ignaro y los ramalazos de soberbia. Una tarea corajuda que requiere de disciplina y del fortalecimiento del hábito contra los terceros hipotecados al mal, al maligno anticipado que ilumina la sentencia posterior que determinará la transcendencia. No sabemos cuántos habitan en el cosmos siguiente (atemporal) de los espíritus infernales que perpetraron la maldad en la faz de la tierra, pero deben ser muchos. Muchos más que los asesinados en los genocidios y los bombardeos que pululan por el planeta amén de los egos insuflados de los mandatarios de turno, los traficantes de drogas, los que esclavizan a las mujeres para someterlas al negocio sexual y demás legión de andar por casa con la que tropezamos en lo cotidiano de nuestras vidas.
La libertad está consagrada, por tanto, a la autoconsciencia obtenida con la madurez. A la forja de uno mismo ante la paleta de contradicciones y reveses que nos asaltan por ese camino que debe llevarnos a la pradera frondosa y lucida de la libertad donde no todos obtendrán la dicha adelantada de solazarse en el itinerario vital.
Una libertad que está sujeta al respeto y al colectivo, a fin de cuentas al prójimo y a la justicia social, mas una libertad guiada por el humanismo capaz de ensalzar la gloria humana como creación divina que se opone a los diablos (tristes) que tratan de endosar al resto su obstinada frustración e infelicidad.
Alcanzar la libertad implica el ejercicio del descubrimiento personal, cueste lo que cueste. Sin reparos. Un viaje en el que no caben mentiras, engaños a uno mismo, relajaciones impertinentes y vicios de toda ralea. Apelamos a una libertad sostenida en el tiempo, asentada en las virtudes clásicas que dan sentido a la persona y a la vida. Una libertad, a lomos de la luz divina, que desbroza en lo terrenal los primeros entresijos de la transcendencia que nos aguarda y a la que estamos invocados; y que solo la libertad sana hará que lleguemos a ese fin o, en cambio, quedemos presos en la ruta previa.
Libertad frente al ego. Libertad ante la maldad en sus diversas dimensiones y apariciones rutinarias. Es la libertad que distingue entre lo oscuro y lo divino. Es la yuxtaposición del bien con la obediencia honesta hacia ese ser superior y ángeles de luz que le acompañan y que lo explica todo.










