Primera Plana

Columna de Rafael Álvarez Gil

Chaquetas de pana

Chaquetas de pana

La suerte de las chaquetas de pana es consustancial a la de la socialdemocracia. Hasta la crisis financiera de 2008, proclamarse socialdemócrata era algo normalizado, incluso motivo de orgullo fruto de una conciencia de clase aún coleando tras décadas de neoliberalismo. Socialistas y laboristas, socialdemócratas todos a efectos prácticos, erigían su discurso a través de las chaquetas de pana. Podían aparecer los líderes últimos con camisa y corbata, pero la melancolía de la pana persistía aunque fuese a modo de retórica.

El primer Felipe González, el que respondía al nombre de Isidoro en la clandestinidad, se desenvolvía con las chaquetas de pana. El tardofranquismo miró hacia otro lado mientras el sevillano paseaba por Madrid como Pedro por su casa y, en cambio, Santiago Carrillo todavía aguardaba en París la muerte del dictador, en el exilio y sin pasaporte. Así y todo, tuvo que cruzar la frontera con peluca y a la espera de que la policía lo detuviese tarde o temprano.

La narración de la cultura obrera, incluso de los trabajadores de cuello blanco camino de las oficinas en los ochenta con el diario ‘El País’ bajo el brazo, se ha ido disipando para dar fuerza a derivadas sin conciencia de clase. En la digitalización todos nos diluimos. Nos tornamos en meros átomos. Internet no entiende de convenios colectivos ni de cajas de resistencia para afrontar huelgas venideras.

El PSOE es hoy lo que queda del legado del ‘felipismo’. Pensionistas abonados a la programación mañanera de TVE, hijos que estudiaron con becas públicas y encontraron sus primeros puestos de trabajo con nóminas razonables y nietos que bebieron de ese recuerdo. El PSOE es en 2026 más sociológico que político. Por eso los cuadros del ‘felipismo’ y de José Luis Rodríguez Zapatero, pensemos en Jordi Sevilla por ejemplo, temen (y con razón) que el PSOE se consuma y se convierta en unas siglas secundarias. Ni rastro de lo que fue.

Cuando la Gran Recesión de 2008, la respuesta final (al margen del tímido intento keynesiano en sus inicios) fueron los recortes. Bruselas y Madrid suscribieron los recortes. Hasta Zapatero pasó la tijera. Si la contestación entonces a la crisis no hubiera sido la del ‘austericidio’, quizá la estabilidad política en el presente estaría más afianzada. Pero el hambre de poder de unos pocos acabó con el bienestar mantenido de la mayoría. La avaricia no conoce de límites. Es insaciable.

Dentro de una década, ni qué decir tiene si es en dos, a saber si quedan marcos ideológicos a los que agarrarse las clases medias y trabajadoras. Mejor dicho, lo que quede de ellas. La revolución digital causa estragos y los hábitos sociales, culturales y de consumo son otros. No responden al patrón de las chaquetas de pana.