Primera Plana

Columna de Rafael Álvarez Gil

Vivienda, ideología y personas

Vivienda, ideología y personas

Es evidente que la vivienda es la gran crisis que demedia a España. Y lo es porque, por un lado, yuxtapone las ilusiones intergeneracionales de prosperidad continuada (sin hogar no hay proyecto) y, por el otro, porque rezuma el fracaso de otras crisis anteriores que deriva en la actual. Cuando se recortan los servicios públicos, se tala el Estado del Bienestar, se perpetra la austeridad a mansalva malentendida (no la austeridad planteada por el comunista italiano Enrico Berlinguer sino la ‘merkeliana’) y los salarios solo dan para sobrevivir, antes o después la marea atenebrada del espanto atañe al sector de la vivienda.

La casa o su ausencia es la otra cara de la moneda de la existencia o no de las clases medias. Las que emergieron en la segunda mitad del siglo XX amén del consenso pos1945 asentado en el acuerdo entre capital y trabajo. Un relato que finiquitó la Gran Recesión de 2008, neoliberalismo mediante. Dicho de otra forma, sin la crisis financiera de 2008 no habría hoy la problemática de la vivienda tal como la tenemos.

Ese consenso sistémico fue posible gracias a la comprensión mutua entre ideologías. Es decir, la socialdemocracia y la democraciacristiana cedieron. Y lo hicieron para no repetir los totalitarismos que asomaron durante el periodo de entreguerras europeo y que no hubiese una Tercera Guerra Mundial. Y también para calmar, por parte del capital, a la clase obrera con tal de que no emulara al proletariado de Moscú.

Con esto quiero decir que las ideologías sirven a las personas y no al revés. Que la crisis de la vivienda nunca se podrá resolver desde un enfoque de una sola ideología (la que sea). Que las personas están por encima de las ideologías, entre otras cosas, porque la complejidad social y de las estructuras de poder supera a cualquier ideología. Rebasa a todo código. Y el que quiera enclaustrarse en su parapeto ideológico, repito que el que sea, además de ser pasto fácil del sectarismo y perderse opciones de crecimiento en el debate mutuo, acabará desbordado por la realidad. No hay recetas únicas y salvadoras envalentonadas desde este u otro partido. Claro está, hay valores en juego en todo conflicto; por ejemplo, el que disputan entre sí la justicia social frente a la especulación. Pero el que piense que la problemática que se tercie, no digamos ya la de la vivienda por lo cardinal que supone ‘per se’ y cómo referencia el declive de las clases medias desde 2008, podrá subsanarlo desde su particular argumentario de pajas mentales preconcebidas desde la pureza ideológica, se estará equivocando a sí mismo y enredando a los demás.