Primera Plana

Columna de Rafael Álvarez Gil

Almas desnudas

Almas desnudas

La paz desarmada y la paz desarmante que invoca el papa no es solo para los grandes conflictos geopolíticos que asolan al mundo, que también, sino que igualmente es extrapolable para lo cotidiano de cada una de nuestras vidas. Para ese trajín diario que persistirá a modo de rutina cuando el pontífice finalice su visita a nuestro país. Y entonces esa paz desarmada y paz desarmante es para aplicar desde que suena el despertador hasta que finalice la jornada. Es una paz doméstica. Es una paz para los nuestros. Es una paz para los que nos arropan y para el alrededor que enmarca la trayectoria. Es, por tanto, y añado, una paz comprometida.

Por eso los testimonios de jóvenes que tuvieron la valentía de narrar experiencias vividas, algunas duras, muy duras, tanto en las vigilias de Madrid como de Barcelona, adquieren un gran valor. Se expusieron. Compartieron su drama y posterior superación. También relucieron sus dudas, las caídas que sobrevienen. Y León XIV supo darle respuesta, arrojar luz para el resto del camino.

Esas chicas y chicos que en ambos encuentros narraron ‘a pecho descubierto’ sus travesías vitales, también lo hicieron por nosotros. Y en ellos muchos vieron dilemas y miedos propios o similares. O algo tan sencillo como la debilidad del prójimo que asimismo es la tuya. Una parquedad aparente material que solo la espiritualidad, la fe y la entereza del compromiso con los demás permite desterrar. Esas almas desnudas que, por un momento, tuvieron el foco público y mediático encima, permitió ensalzar una realidad: la más habitual, la que conforman nuestras vidas. Con sus alegrías y penas, con sus luces y sombras. Y que, al fin, si no concurre trascendencia, difícilmente se encuentra explicación a nuestras vidas, a los acontecimientos y a los hechos que componen la travesía vital terrenal.

Lo que puebla nuestras vidas pero que no son noticia (soledad, baja autoestima, carencias afectivas, incomprensiones, dolor, pobreza, orfandades varias…) es, ciertamente, lo más importante para cada uno y para todos. Mas no lo parece porque no está en la escaleta ni en las portadas. Lo palpamos a diario y, en cambio, nadie se preocupa en hacernos ver que es lo más importante que tenemos que encarar y sortear para evolucionar como personas trascendentes que llegan a comprender (razonablemente) el porqué de la existencia. Y esa Iglesia católica que, como diría el papa Francisco, actúa como hospital de campaña nos recuerda que está ahí con las puertas abiertas y que precisa incluso del esfuerzo de los que son llamados desde el reclamo de los enigmas y dolencias interiores que padecen.

La sociedad de consumo, la mercantilización, las relaciones cosificadas, los egoísmos, la necesidad de cumplir con patrones físicos impuestos por la moda y los negocios… Nada de esto resuelven las grandes preguntas que nos atraviesan. Entre otras cosas, porque no les interesa que asomen las almas desnudas. Solo nosotros, y en compañía, podemos afrontarlo. Hay esperanza.