Cómo un joven de tan solo 25 años asumió un rol destacadísimo en la batalla del Ebro en 1938, teniente coronel con mando de general, es (sin duda) más que llamativo. Asoma enseguida su inteligencia. Manuel Tagüeña (1913-1971) fue el oficial más joven del Ejército de la República. Con estudios de doctorado en ciencias físico-matemáticas, estuvo al mando del XV Cuerpo de Ejército. Mandó 50.000 hombres en uno de los lances decisivos, quizá el más importante, de la Guerra Civil. Muchos de esos soldados forman parte de la llamada quinta del biberón: adolescentes (mayormente catalanes) reclutados en la fase final del conflicto.
A todas luces, Tagüeña (al calor de Vicente Rojo) ocupa un rol importante para entender el afán de profesionalizar al Ejército republicano y que este sostuviese los pesares y sinsabores del conflicto todo lo que se terciase con tal de empatarlo con la Segunda Guerra Mundial, que se vislumbraba en lontananza. De hecho, por solo unos meses no logró su propósito Juan Negrín.
Las memorias de Tagüeña son un testimonio valioso del Madrid republicano trufado por la polarización y la violencia, la propia Guerra Civil, la batalla del Ebro y la estampida de los dirigentes republicanos cuando ya estaba todo perdido. ‘Testimonio de dos guerras’ (Renacimiento, 2021) en torno a 800 páginas desprende el desencanto y la duda a medida que crece el personaje histórico. Tagüeña padeció el exilio en Rusia (allí vivió la Segunda Guerra Mundial), Yugoslavia, Checoslovaquia y México.
Su distanciamiento progresivo con la Unión Soviética, aliñado por el estalinismo, va acompasado con la tribulación de un Tagüeña que sufre por sí mismo y por la parte de su familia que quedó en la España franquista. Murrias y cuitas que le acompañan incesantemente desde 1939 y que, con la perspectiva del tiempo, sopesa si tuvo sentido las formas de defender (y el ahínco) la ideología de turno. Su juventud casa con el Madrid republicano previo a 1936 y, por entonces, irrumpe el clima social de un país azuzado por las presiones mutuas de dos bandos cada vez más irreconciliables. Un suma y sigue que finaliza con el disparate del golpe de Estado devenido en la Guerra Civil.
La inferioridad en armamento del Ejército de la República fue mitigada por el talento de militares como Rojo y Tagüeña. Una audacia nimbada en el verano de 1938 cuando cruzan el río, cuentan con el factor sorpresa y ganan terreno hasta que la resistencia (‘Ay, Carmela’, ‘Si me quieres escribir’…) no se sostiene más y hace inminente la caída de Cataluña. En aquello, el joven y sobresaliente Tagüeña, tuvo un papel estelar.










