Primera Plana

Columna de Rafael Álvarez Gil

Política de otro nivel

Política de otro nivel

Vaya por delante que la fotografía que ilustra esta columna es de Marisa Flórez, fotógrafa que desarrolló su carrera profesional un largo tiempo en el diario ‘El País’ y que su obra retrató la Transición y la consolidación de la democracia. En la imagen de marras se ve a Santiago Carrillo, secretario general del PCE, conversando con unos obreros en plena faena. Era el inicio de la campaña electoral de los comicios generales de 1982; en los que arrasaría el PSOE de Felipe González y Alfonso Guerra. Carrillo quiere comenzar en un punto que rezuma el voto estilado al PCE: el de la clase trabajadora. Ocurrió en la fábrica de Pegaso, en Madrid. Un tejido fabril donde predomina la afiliación a Comisiones Obreras entre el proletariado de mono azul. Vamos, el sitio idóneo para que el PCE arranque su estrategia de cara a la cita con las urnas.

La fotografía refleja las coordenadas de la política de siglo XX, de cómo entenderla, y, vista desde hoy, una realidad social más fácil de interpelar. El líder de los comunistas piensa en un eje ideológico entre izquierda y derecha, no quiere a la URSS (aún falta para que caiga inesperadamente el imperio soviético, dando entonces –sin saberlo- sus últimos coletazos ochenteros) y defiende la idea del eurocomunismo (democrático) junto a sus correligionarios italianos (PCI) y franceses (PCF). Esa viene a ser, en resumidas cuentas, la concepción de la política en los siglos XIX y XX. El movimiento obrero disputa el poder a la burguesía que, previamente, había tenido que destronar a la nobleza absolutista para ir logrando gradualmente la implementación de las democracias liberales.

Ahora, en 2026, muchos de estos elementos (parece o da la sensación) que se desvanecen por momentos para saber diseccionar la actualidad. La panoplia de herramientas que se sacaban a relucir para leer entrelíneas todo lo que atañe a las sociedades, decaen ante la avalancha posmoderna mezclada con la instantaneidad. Todo se acelera. Todo se banaliza. Todo al retortero se hace difícil de encajar.

El hatajo de populismos que, a izquierda y derecha, amenazan a nuestras democracias confunden las claves cotidianas. Ofrecen recetas facilonas ante problemas complejos, y pelillos a la mar. Aunque las consecuencias puedan ser, y son, con frecuencia aún peores y recrudecen la problemática a subsanar o a revertir. En aquellas elecciones generales de 1982 el PCE cosechó una sonora derrota: pasando de las 23 actas de 1979 a solo 4 arrebatadas en las circunscripciones de Madrid, Barcelona, Córdoba y Sevilla. El ‘felipismo’ arrasó en las urnas. Así y todo, aquellos políticos (y partidos) sabían lo que se tenían entre manos, había cuadros en las organizaciones, líderes al uso y lo que hiciera falta. Y es igual que fuese Carrillo o Manuel Fraga. Era otro nivel. Quizá, otro mundo. Pero qué lucidez arrojan todavía desde aquel pasado a las procelosas aguas que atenebran nuestro presente.