La desidia invade al ‘sanchismo’. Mientras Antonio Cánovas del Castillo llegó a decir que España defendería Cuba hasta el último hombre y la última peseta, al margen del desenlace tenebroso amén de la intervención estadounidense justificada con la faramalla de la explosión del acorazado ‘Maine’ en 1898, en cambio La Moncloa se hace recoleta e indiferente hacia la conflagración híbrida desatada por Rabat contra Ceuta. No es una guerra convencional, de tanques y batallones, sino un proceso gradual, sibilino y efectivo de ir sembrando el caos. Una desestabilización pausada pero sin freno. Una manera de ir concienciando a Madrid y a la comunidad internacional de que no tiene sentido, ni geográfico ni económico, de preservar Ceuta pues está en África y rodeada por territorio marroquí. Esa es la meta de Mohamed VI y, sin embargo, Pedro Sánchez deja caer los brazos y lo ciñe todo a la gestión cotidiana de las estrecheces migratorias.
Cuando un gobernante no defiende a su nación, enseguida el pueblo lo huele. Aquí las razones se antojan inconfesables, solo Marruecos sabrá, pero la sociedad española se ha percatado desde el primer momento que Rabat lo sabía, que es un ataque a la integridad territorial y que Sánchez está a lo suyo, meciendo entre el miedo de a saber hasta dónde está dispuesto a llegar Mohamed VI a corto plazo y sus cálculos meramente electorales donde no entra la razón de Estado y otras cuitas de la política clásica de antaño, edificante y plausible para la ciudadanía. El ‘sanchismo’ se rinde en melindres a Marruecos.
El malestar en Ceuta irá a más. La presión social se desatará todavía más. Y, lo que es peor, el Gobierno central no remilitariza la frontera en Ceuta y Melilla. Son tan graves los silencios que, incluso, sobresale el de Sumar y Yolanda Díaz que, por otra parte, han sido prebostes permanentes de la causa saharaui. Nadie sabe cuántos meses faltan para que retorne algo similar a la normalidad en Ceuta, si es que puede volver un estado de semejante naturaleza. Y es que Marruecos ha destapado las cartas, las ha puesto boca arriba sobre la mesa, por mucho que La Moncloa no quiera asumir lo que realmente está aconteciendo.
Se impondrá el principio de realidad por el sencillo motivo de que ya lo está haciendo. Por mucho que Sánchez quisiera solventarlo con una visita fugaz para irse sobre la marcha de vacaciones y despejar agosto, el mes finaliza y la crisis ostenta mayor envergadura. Los regalos incesantes de La Moncloa a Rabat (cese a la carta de la ministra Arancha González Laya, ‘volantazo’ en el Sáhara Occidental…) no los entiende nadie. A buen seguro, porque falta información de carácter reservado y personal que atañe al jefe del Ejecutivo. El mandato de Sánchez puede claudicar en Ceuta.










