Aléjate de las personas que nunca duden. Son las más peligrosas. La que pervive encastillada en sus postulados, ensalzados peripuestamente a lo que se tercie, son dinamita. Sus acciones pueden ser tus consecuencias por sufrir. Y es igual que sean de izquierdas, derechas o del más allá. El temor que generan es producto de que creen que el mundo puede (y debe) ajustarse a las ideas predeterminadas que defienden. Y que hay que estar predispuesto a sacrificarse todo lo que haga falta, al precio que sea, con tal de lograr el propósito. Sin embargo, la vida (por fortuna) es más, mucho más, que lo que un código pueda contener.
Las ideologías son importantes. Es decir, permiten descifrar la realidad. La diseccionan. Permiten de manera abreviada entender fenómenos complejos. Son herramientas muy útiles. Pero ya está. Una ideología política, la que sea, es un instrumento y no un fin. Por eso, y entre otras razones, hay que ser demócrata antes que profesar la ideología de turno. El pluralismo político y el Estado de Derecho son rasgos civilizadores que nos mejoran a todos.
Por consiguiente, las ideologías están al servicio de las personas y no estas supeditadas a las primeras. Evidentemente, no podemos convivir en sociedad sin asumir la importancia de las ideologías, mas sabiendo de antemano sus limitaciones y que, a la postre, la vida es muchísimo más. El abonado al sectarismo no respeta. El entregado al sectarismo es un fundamentalista. El hipotecado al sectarismo superpone su ego al mundo y eso, amigos, es muy peligroso.
En la Guerra Civil (1936-1939) se experimentó la beligerancia en las ciudades. A diferencia de tiempo atrás, la conflagración dejó de ser algo casado inescindiblemente a las trincheras a campo abierto y pasó a padecerse también en la urbe. La mayor expresión son los bombardeos que sometieron a la población civil. Madrid, Barcelona, Bilbao… fueron la antesala de otras ciudades (Londres, Berlín, Dresde…) en el Viejo Continente que arrostrarían lo propio a son de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). Y no olvidemos las dos bombas atómicas lanzadas en Japón por Estados Unidos contra Hiroshima y Nagasaki. Cuando una familia, un vecindario, es subyugado en los sótanos y refugios a ser espectadores de las bombas que caen contra la población, contra ellos, no hay ideología (la que sea) que explique semejante crueldad y sinsentido. El hambre, el horror, las muertes, las mutilaciones, las violaciones… son efectos bélicos promovidos, en última instancia, por sectarios. Nunca dejen de dudar.










