No hay sensación más placentera en el periodismo que escribir con libertad. Hacerlo con la amplitud con la que uno tiene delante un horizonte a campo abierto y que, eso sí, no te censuren. Ese aroma a aire nuevo se tuvo, a trancas y barrancas, en la Transición. Y unos medios de comunicación más que otros bordearon unos límites que aún, de alguna manera, estaban presentes difusamente. Quien más arriesgó fue la revista ‘Interviú’; hicieron todo lo que quisieron, mas también esa osadía a veces jugó malas pasadas. En ocasiones, se pasaron de frenada. Otras, la mayoría, dieron una visión de España distinta al tiempo que rescataban las miserias que dejó décadas de dictadura; un recordatorio incipiente de memoria histórica que, por otra parte, no sentaba bien a los mandamases policiales y últimos estertores del franquismo que todavía pululaban.
En aquella Redacción al uso, clásica en los cánones del periodismo, donde se mezclaban las botellas de wiski y los horarios sindiós de los periodistas, pululaba José Luis Morales. El de Agüimes había sufrido palizas en comisaría y el exilio en Francia durante el régimen de Francisco Franco. Y tenía hambre de periodismo. Y la revista ‘Interviú’ fue la que se la sació, en sus páginas pudieron relucir temas de memoria histórica como la matanza de la sima de Jinámar en Telde. Asuntos que como reconoce el agüimense, ni siquiera ‘El País’ le hubiera publicado. ‘Interviú’ tuvo una Redacción de izquierdistas redomados con ganas de balón, e hizo un esfuerzo editorial para concitar a las mejores firmas.
Viene esto a cuento por el libro que se acaba de publicar titulado: ‘Los desnudos y los muertos. Una crónica sentimental de Interviú’ (Ediciones Península), rubricado por Jerónimo Andreu. A los que les gusta adentrarse en el cosmos interno del periodismo, no dejen de leerlo. Es periodismo dentro del periodismo. Retrata cómo echó a rodar la revista, los malabarismos empresariales que tuvieron que hacer, los regateos con la banca, las historias románticas de la Redacción… Se lee bien y se disfruta.
Y tiene pasajes donde echarte unas carcajadas, como aquel en el que relata cómo negociaron con Lola Flores para que sus tetas al aire protagonizaran una de las portadas. Un toma y daca con el dinero que no tiene desperdicio. Y no desvelo cómo cerraron la negociación, sin que la artista se percatase. Era el subsuelo de aquella España que estrenaba democracia.
Una revista política incisiva que no ahorraba esfuerzos y que usaba los posados de mujeres en portada como reclamo. Una revista de garajes y baños. Pero una revista que sacó a la luz muchos trapos sucios. Hoy, por fortuna, ese estilo de portada no tendría un pase. Eso sí, en ‘Interviú’ a los pocos números llevados a los quioscos con las fotografías de marras de mujeres, decidieron hacer una pausa para aliviar la presión y cubrió la portada una fotografía del cofundador de Comisiones Obreras, Marcelino Camacho, con su jersey de cuello vuelto que le caracterizaba. No vendieron ni una rosca y tuvieron que regresar a las mujeres. Cosas y contradicciones de esa España de la Transición.










