Castilla y León es conservadora. El centroderecha gobierna allí prácticamente desde los inicios de la España autonómica, salvo un primer periodo socialista auspiciado por el ‘felipismo’ de 1982. Es la región donde precisamente José María Aznar fue presidente autonómico antes de dar el salto a Madrid. Los pronósticos para ayer eran, por tanto, más o menos previsibles. Castilla y León es electoralmente como una misa de doce.
Con todo, hay un dato llamativo: Vox no crece tanto, Vox no tiene un tirón similar al de Extremadura y Aragón. La ultraderecha, por consiguiente, no está en el modo cohete que creía. Sus purgas internas y casarse ideológicamente con Donald Trump frena sus expectativas. Y a todo conservador lo que más le asusta es la incertidumbre. Y la ultraderecha ofrece mucha incertidumbre en España.
El PP ha ganado (33 escaños). Y el PSOE sube dos actas (30), aunque fuera a costa de la desaparición de la representación a su izquierda: IU/Sumar y Unidas Podemos. Así las cosas, anoche hubo un canto bipartidista y un aviso estatal. Castilla envía el mensaje de que el bipartidismo es necesario, que el sistema del 78 no puede estar sujeto a los extremismos.
Ciertamente, es la peor advertencia para Santiago Abascal. Y Alfonso Fernández Mañueco le da una alegría a Alberto Núñez Feijóo. Desde luego, Vox seguirá presionando de cara a los pactos, pero en esta ocasión no podrá redoblar la presión.
Todos los comicios autonómicos, al margen de las particularidades de cada uno, arroja lecciones estatales. La primera de este domingo es que la izquierda a la izquierda del PSOE está en modo alarma. Que eso al PSOE le permite seguir vivo institucionalmente, que sea la primera fuerza en la izquierda. Pero se queda sin potenciales socios allá donde no hay fuerzas de corte nacionalista. Dicho en plata, es un PSOE débil. Y es un PSOE que en Madrid quedará por detrás del PP. Y aquí entra la segunda lección, la fuerza de Vox no sería tanta si se mantiene el hilo electoral de anoche donde Vox ha quedado contenido en Castilla y León (solo sumó un diputado más). Por eso toca ahora estar pendientes de Andalucía donde se podrá certificar si el PP constriñe el potencial de Abascal y, por ende, se normalizan los parámetros clásicos del bipartidismo. Un bipartidismo que no es el de antaño pero que se echa de menos en territorios clásicos como Castilla y León.










