Primera Plana

Columna de Rafael Álvarez Gil

Todos somos ‘felipistas’

Todos somos ‘felipistas’

Felipe González es el personaje político que ha tenido más poder en España durante el siglo XX. Solo superado por el dictador Francisco Franco. González lo logró en democracia, la del 78. El socialista es para el sistema político ungido en la Transición (casi) lo que Antonio Cánovas del Castillo fue para la Primera Restauración Borbónica. La democracia que hoy gozamos ha tenido en varias generaciones al ‘felipismo’ como referente. Todos somos ‘felipistas’.

De hecho, las victorias electorales de José Luis Rodríguez Zapatero (2004 y 2008) y de Pedro Sánchez (2019, dos veces ese año) beben, en mayor o menor medida, del ‘felipismo’. Los pensionistas que votaron religiosamente a González y Alfonso Guerra son la masa social y legado emocional que ha pervivido hasta la actualidad. Las clases medias ochenteras que entonces se educaron o que luego se forjaron en el ámbito profesional, son fruto del ‘felipismo’. Todos somos ‘felipistas’.

Tan importante ha sido su poder, cómo moldeó la España democrática, que el ‘felipismo’ podría decirse que incluso es una categoría sociológica ‘per se’. Todos somos ‘felipistas’. Ahora que vaya Sánchez a explicarlo a Andalucía con motivo de la campaña electoral que sobreviene… Le darán un portazo.

Hasta los que otrora estaban en contra de González, por socioliberal, por su socialismo descafeinado que le acusaron, a su izquierda o a su derecha, son también ‘felipistas’. Todos somos ‘felipistas’. Sin embargo, Sánchez está dispuesto a quemar los resortes que sean necesarios que rodean y nuclean al PSOE, con tal de permanecer en el poder.

Y es aquí donde entra el dilema del PSOE que Ferraz no quiere ver. El PSOE es, al amparo del sistema del 78, un actor sistémico. No obstante, el ‘sanchismo’ (y cada vez es más evidente) al carecer de mayoría social (cosa que sí obtuvo González) requiere de unos pactos y roturas de costuras sistémicas para quedarse en La Moncloa que, recíprocamente, resquebrajan los consensos de la Transición.

Hoy por hoy, ya no basta la suma de escaños de PSOE más el espacio histórico que vendría a representar PCE/IU (llamado Sumar) para gobernar. Precisa de nacionalismos periféricos sin distinción y de Unidas Podemos. Y ese cóctel tiene un peaje. El ‘sanchismo’ agitará el debate protoconstituyente como sonajero electoral con tal de plantear los comicios generales como una disyuntiva trascendental. Ciertamente, la amenaza de la ultraderecha no es ninguna broma. El problema, a estas alturas, es que el reemplazo a Sánchez no es una opción bipartidista solitaria (PP) sino recetas regresivas que se alejan del centro. Y Sánchez quiere explotarlo. Cueste lo que le cueste al PSOE y a España.