Murió Celso Bugallo, actor que dio vida al personaje de Amador en la película ‘Los lunes al sol’ (2002). Bugallo encarnó la soledad proletaria en el largometraje dirigido por Fernando León de Aranoa. Uno de esos secundarios que engrandecen la obra, suma brillantez indirecta a sus protagonistas y, por sí solos, explican cosas. Cuando un llamado personaje secundario es capaz, ‘per se’, de tener su propia narración escindible a la trama, es que ha cumplido con su papel, y con creces. El caso de Amador fue el de la soledad proletaria.
Lo más lúcido de ‘Los lunes al sol’, entre otros extremos, es que explica el drama del mundo laboral antes de que estallara la Gran Recesión de 2008. La tragedia de los astilleros, que azotaron a núcleos urbanos concretos del norte peninsular, fue producto ya de los efectos de la (¿feliz?) globalización. Una tensión industrial que llegó hasta los días de José Luis Rodríguez Zapatero en La Moncloa que, con la monserga de que Europa lo manda, ahondó en el desmantelamiento del sector como si fuera una secuela de la reconversión industrial ochentera del ministro Carlos Solchaga.
Lo mejor de ‘Los lunes al sol’ es precisamente su inicio. Imágenes reales aliñadas por una banda sonora que conmueve. Son compases grabados, previamente a la película, al calor del conflicto astillero vivido en Gijón. Así todo, Fernando León de Aranoa prefirió enmarcar ‘Los lunes al sol’ en Galicia. Pero esos primeros minutos son acto de fe notarial del compromiso social, verdadero, intrínseco, del cineasta. Compromiso social puro y duro, ninguna impostura.
Y en esas, en medio de la película, llega el personaje de Amador. La soledad proletaria personificada. Un trabajador leal a sus amigos, camaradas del astillero, que al verse en paro avanzada la mediana edad, se le viene el mundo (su mundo) abajo. El desempleo y la indemnización dan para lo que da, se esfuma, y al final la rutina se impone. Su mujer opta por salirse del hogar, harta de frustraciones sobrevenidas, siempre son las mujeres las que sostienen las miserias masculinas, sus claroscuros y enigmas vitales arrastrados y todavía no resueltos, y entonces la soledad proletaria estalla en Amador; sin que el resto, en realidad, se percate.
Cuando un trabajador, un obrero, es despedido a esas alturas de la vida, es sentenciado en la sociedad civil. Con o sin crisis financiera de 2008. Ocurría antes y otro tanto, o más, sucede ahora. ‘Los lunes al sol’ es la efervescencia venida a menos de la industria, la conciencia de clase, el convenio colectivo, la panoplia de la sindicalización, la estrategia para confrontar la división que promueve la patronal durante el conflicto… Relatos corales que, en cualquier caso, encierran misterios humanos; como el de Amador que, alcoholizado y solo, pone rostro a la otra cara de la moneda del universo laboral.










