No somos perfectos. Así es: como personas no somos perfectos. Y cometemos errores a diario. Pero eso no es lo peor. Lo peor es que nos olvidamos de esto, que no lo tenemos presente. Y entonces el ámbito de la moral privada traslada al público un mecanismo similar. Si la persona no es perfecta, el ciudadano tampoco lo es. El sujeto político por excelencia en democracia (el ciudadano, el representado, el administrado…) se equivoca, y mucho; mas tampoco lo recuerda, bien porque no le interesa o sea por desconocimiento. A efectos prácticos, es igual.
Lo que sí es transcendental es desmitificar al ciudadano impoluto, de igual manera que conviene que cada persona mate a su ego. Sin esto, no hay felicidad posible. Sin esto, no hay democracia viable y operativa. ¿Pero cómo vas a desinflar las pretensiones ciudadanas sin haber previamente interiorizado que la ciudadanía en su conjunto, tú y to, nos equivocamos? ¿Cómo se mata el ego en la esfera pública? ¿Y cómo se logra si, encima, en el privado sigues estando sometido al capricho del ego?
Por encima de las ideologías están las virtudes democráticas, fundadas (en gran medida) en el pluralismo político. Y el virtuosismo en democracia se retroalimenta. La conciliación, por ejemplo, es una virtud innegable en democracia. Por un bien superior, te obligas o te conviene ceder. Reconocer que hay un interés superior a preservar y con esa vía reconoces que existe un otro, un interlocutor, que no piensa como tú pero que se sujeta siempre al respeto y el afán democrático.
En tiempos turbulentos como los actuales en los que los populismos a izquierda y derecha cabalgan para desmoronar los órdenes políticos existentes, y siempre sin manifestar qué alternativa desean, la ciudadanía (que somos personas) tendremos que asumir que no somos perfectos, que nos equivocamos y que, por tanto, el otro y los otros pueden tener valores que incorporar o, al menos, están sustentados en argumentos valiosos que propician que tengamos que llegar a acuerdos.
No puedes pretender que tus posicionamientos políticos se implementen por completo. Solo si cosechas una mayoría absoluta (así y todo, tampoco: pues está la Constitución) o perpetras la revolución. Y las revoluciones suelen engendrar monstruos colectivos. Las revoluciones suelen estar espoleadas por la soberbia. Y la soberbia, que tiene diferentes grados, matar a otra persona es el máximo nivel de soberbia, conlleva el caos. Las revoluciones antes o después agonizan. Las democracias tienen siempre a su disposición un nuevo amanecer al día siguiente. Pero para apreciar el amanecer, antes tienes que pulirte, contraer tu ego y reconocer que no eres perfecto y cometes errores.










