Primera Plana

Columna de Rafael Álvarez Gil

Paz, piedad y perdón

Paz, piedad y perdón

Fue el 18 de julio de 1938 cuando Manuel Azaña pidió “paz, piedad y perdón” desde el Ayuntamiento de Barcelona, justo tras dos años del golpe de Estado de Francisco Franco y sus conmilitones que, al fracasar, derivó en una Guerra Civil. Para cuando Azaña pide eso, la República tiene perdida la guerra; tan solo a la espera de lo que podría ocurrir con la batalla del Ebro en la que Juan Negrín tenía depositadas la esperanza de ganar tiempo y así empatar con la Segunda Guerra Mundial que se veía en lontananza, a causa del nazismo alemán y el fascismo italiano.

Es verdad que Azaña estaba en 1938, y antes, sumido en la melancolía y la tristeza de asumir de antemano la derrota republicana. Y Negrín sí tuvo el coraje de resistir y la entereza, a pesar de que no tuvo que ser nada fácil para el canario abanderar la causa democrática.

Por tanto, la paz, piedad y perdón de Azaña, o de cualquier persona de buena voluntad, no tuvo eco ni buen recibimiento. Pero qué necesario resulta hoy rescatarlo entre tantos sectarismos y sinrazón.

Queda mucho aún para que la Guerra Civil (1936-1939) sea tomada con distancia similar a la de las guerras carlistas decimonónicas. La emoción está presente y todavía sobrevuela la política actual; en buena medida, es así porque la propia Transición (y su valor) no se entiende sin la antesala del 36 al 39 y la larga dictadura franquista.

Toca rescatar la memoria histórica. Reparar los daños en ambos lados. Eso sí, con especial intensidad en el republicano, pues (a fin de cuentas) fueron los perdedores y, por ende, no tuvieron un régimen que los glorificase como sí hizo el franquismo con los suyos hasta 1975. Además, tras el 39 no hubo paz, piedad y perdón, y sí exilio, represalias y fusilamientos por parte del régimen franquista hacia los vencidos. Obviamente, el legado es desigual y, por consiguiente, debe atenderlo la memoria histórica: sepultura digna, aclarar las cunetas y pozos, anular las sentencias de los consejos de guerra, recuperar graduaciones militares…

Pero ya está. Lo que no tiene sentido, y menos en 2026, es que tomemos la Guerra Civil como acicate para el enfrentamiento y donde todo es blanco o negro, sin matices ni grises. Y que en democracia se pierda el diálogo porque esté presente, por ejemplo, un expresidente del Gobierno en unas jornadas. Menudo disparate. Sin embargo, el propósito que subyace es otro, mas no lo dicen: solo manteniendo los muros en torno al 36, se puede luego dinamitar la Transición y cuestionar la Constitución del 78 que es fruto, en última instancia, del afán de reconciliación mutuo por parte del pueblo. Pero, recalco, esto no lo dicen. Se lo guardan socarronamente.