El patriotismo es una emoción. Y las emociones, que son positivas, pues nos explican cosas, deben ser controladas. Todo lo que excede, es malo. Requiere sus justas dosis, el término medio aristotélico. Hay patriotas de clase media (los más), anárquicos de sus vidas y superpatriotas. Estos últimos usan la bandera como pretexto para ufanarse de su nacionalismo, matar en nombre de la patria u organizar redadas contra inmigrantes como está sucediendo en Estados Unidos con la Administración Trump.
Tanto que nos fijamos en el periodo de entreguerras europeo, con su peligroso nazismo y fascismo, y tenemos ahora al otro lado del Atlántico a milicias organizadas que van imponiendo su particular ley por las calles. Amén de que pueden ir armados en el país del salvaje Oeste, impregnan el terror en grupo a los indefensos. Nada de humanismo, todo patriotismo.
El patriotismo hay que contenerlo como a las ideologías. Pero lo bueno, al menos en la España real del día a día, es que el patriotismo se ciñe a dar los buenos días al vecino en el ascensor, ir a tomarte el cortado a la cafetería de siempre, revisar el cupón del día anterior por si salió premiado y dejarte llevar por la vida, que de por sí ya es bastante.
En realidad, si nos tomásemos la actualidad muy en serio, no podríamos vivir. No lo digo por la aniquilación del pueblo palestino en la franja de Gaza, del que ya no se habla tanto, sino por los titulares y declaraciones de los políticos de una y otra bancada que pueblan nuestros parlamentos. Ese patriotismo aburre y ahonda en la desafección ciudadana. Si te preocupa tu patria, la chica o la grande, la que sea, más de lo normal, todo lo demás se encoge para glorificar no se sabe qué.
Hasta que llega las milicias del ‘trumpismo’ aplicando la justicia por su mano. Solo les falta a esos milicianos de la crueldad llevar antorchas para infundir más miedo. No es la Alemania nazi, acontece hoy en Estados Unidos. Una ola que inunda el espacio público para carcomerlo, para degradarlo. El ‘trumpismo’, como las extremas derechas europeas, agitan la bandera que se tercie para imponer sus visiones chauvinistas que contaminan al resto. Una deriva peligrosa que nada tiene que ver con el constitucionalismo de las mujeres y hombres iguales en derechos y deberes. La patria no cabe en un marco. La grandeza de la patria, la que sea, no entiende de sectarismos.










