Primera Plana

Columna de Rafael Álvarez Gil

Lealtad y lucidez

Lealtad y lucidez

Ayer ‘El País’ publicó una entrevista a Arturo Pérez-Reverte. La lealtad y lucidez son dos elementos que se palpan en sus obras. Con independencia de que el autor los reivindique expresamente o no. Vaya por delante que soy devoto de sus libros. Y, como todo lector, unos me gustan más que otros. Pero el resultado es más que notable. Escribe muy bien. Luego, se mete en charcos y discusiones públicas (o lo meten) y eso ya es harina de otro costal. Aunque suele salir airoso.

Es verdad que lo que pudo decir Pérez-Reverte en la década de los años noventa no tendría, ni de lejos, la contestación y el barullo que lleva aparejada hoy las redes sociales. Es otro mundo. Entonces el escritor vendería muchos más libros, más que nada porque no había internet. Pérez-Reverte es de lo mejor que tiene este país, en la cultura. Y con el tiempo, que es el que siempre pone a cada uno en su lugar, disipa dudas y ordena las cosas, aún más valorado será.

Me gustan sus libros porque subyace la épica de la derrota; una derrota honrosa, valiente ante el desafío de la vida. El escritor suele advertir, también se notó ayer en la entrevista, que al final a todos nos aguarda un aroma a pérdida inevitable. El dilema consiste en el camino, en el mientras tanto, en poder mantener la cabeza erguida (lealtad y lucidez) y no ser lacayo de las miserias de uno mismo y de las de los demás.

En la vida asoma el bien y la maldad. Tienes que escoger. Y lacayos de la maldad los hay en todos lados, por doloroso que sea asumirlo: en parejas posibles, en la familia dada, en el trabajo, en el vecindario… Solo los que rinden culto a la lealtad y lucidez podrán sortear el riesgo de verse sometido a la maldad y no ser un lacayo ramplón que inutiliza el sentido de vivir.

Muchos cuando escuchan en la televisión, pongamos por caso, una entrevista a Pérez-Reverte, se quedan hipnotizados con su periplo de aventuras como periodista y corresponsal de guerra. Es para estarlo. Ha visto de primera mano los bajos fondos de la condición humana. Algo que en la cotidianeidad de nuestras sociedades, en Europa, solo se atestigua en la sección de sucesos.

La valía de lo escrito por Pérez-Reverte, sea en su personaje del capitán Alatriste, en las novelas suyas ambientadas en la Guerra Civil o en cualquier otra, estriba en que nada es blanco o negro. Hay matices. Hay grises. Y hay dudas, muchas dudas, sobre lo que supone la vida y los demás. Y solo resta un puñado de certezas, cada vez menos, para poder morir en soledad y tranquilo: ahí está la lealtad y lucidez.