En la tarde de Navidad se condensa la grandeza y el ocaso de la vida. En las horas previas a la cena se define el alma que, en ánimo contrito, se pregunta y no halla respuesta al vacío de su existencia. En ese tramo de la tarde en el que las calles se recogen, las cafeterías apuran los últimos momentos antes del cierre y en los hogares resuena aún el timbrazo del teléfono fijo de aquellas llamadas de provincia de familiares que dedican unos minutos para felicitar las fiestas en medio del trasiego de la jornada, irrumpe el deseo de vivir a pesar de la melancolía y la soledad de la ciudad y los pueblos que se repliegan.
En la tarde de Navidad asoma el recuerdo de los que ya no están, el puñado de instantes que retenemos de aquellos familiares y personas cercanas que nos definieron y que todavía vivimos para impregnar el legado de esos valores y virtudes que dan sentido real a la vida, y no otra cosa. Esos gestos, acciones, palabras y sentimientos que nos mostraron que, de cuando en cuando, ante el pesar cotidiano que nos azota con semejante grado de individualismo y egoísmo, frente a tanta crueldad que nos rodea, afloran y vierten calma para que no perdamos la esperanza.
La esperanza es a la vida lo que el desánimo a la muerte. Y justo entre hoy y mañana nace esa esperanza de vida que lo es todo y, sin embargo, se confunde en la rutina entre escaparates, afanes, vanidades y avaricias que corrompen el alma.
En la sobriedad se encuentra a Dios. Por eso la sobriedad impera en las despedidas y en los entierros, porque solo la sobriedad, sin estímulos innecesarios, enlaza lo terrenal con lo trascendente. La sobriedad es la desnudez del alma.
La sobriedad es atemporal y, precisamente por eso, entronca con la grandeza de la vida. Y la tarde de Navidad acopia todo eso. Como también lo hacía esa otra tarde de Navidad, de la España de la posguerra, retratada por Luis García Berlanga en ‘Plácido’ (1961). Una denuncia a través del costumbrismo que sin intención de decir nada, clava la hipocresía, la falsedad de las apariencias y, al fin, lo dice todo; y gracias a ese talento, sorteó la censura.
Cuando cae la tarde de Navidad brota la memoria de los que ya no están y hace tiempo que se fueron. Es el mismo recuerdo que reluce en la lágrima fácil y la emoción contenida de los mayores que vislumbran la certeza del final de la vida. Cuando anochece paulatinamente y queda atrás la tarde de Navidad, emerge la duda de si podremos volver a felicitarnos el próximo año. En la tarde de Navidad se concentra la fragilidad de la vida. Feliz Navidad.










