Primera Plana

Columna de Rafael Álvarez Gil

La soledad de una socialista

La soledad de una socialista

El fin de semana nos dejó el fallecimiento de María del Pino Díaz-Reixa en Santa Brígida. En las medianías de Gran Canaria, con la temperatura aterida que azota en la carretera cuando deja atrás el casco satauteño y pone rumbo a San Mateo, allí llevaba meses recluida la exconcejala socialista; aguantando lo más dignamente posible los achaques y el reguero de lástimas fruto de la enfermedad, en su hogar y sin poder acudir a la calle Tenderete a conversar y compartir cafés, como era costumbre.

En octubre de 2020 Díaz-Reixa dejó el PSOE. Se dio de baja. No estaba convencida de secundar la moción de censura contra el entonces alcalde del PP: Miguel Jorge Blanco. Veía la jugada como una componenda espoleada por arribistas y chilguetes. Era del ala izquierda del PSOE, coqueteaba con la corriente de izquierda socialista, y era republicana. En más de una ocasión acudió al valle de Agaete donde un nutrido grupo de militantes románticos, sin necesidad de ambicionar puestos políticos, se reunían para hablar sobre lo divino y lo humano hasta altas horas. Viejos rockeros que nada tienen que ver con los tiempos actuales estilados en las organizaciones políticas.

Militante feminista, sostuvo al PSOE durante décadas justo en un municipio donde nunca ha tenido resultados significativos. La tónica histórica tanto en Santa Brígida como en Telde (con la salvedad de 2023, producto de la caída de NC), es que el PSOE ha sido un partido secundario. Nada que ver con Arucas. Pues durante años, Díaz-Reixa y otras mujeres, solo mujeres, costearon de su monedero el alquiler de la sede socialista en Santa Brígida, mes a mes, recibo a recibo. Y, además, se encargaban de organizar los enyesques a son de las fiestas del verano en el pueblo. Por cierto, hoy esa misma sede la ocupa el PP.

Díaz-Reixa sintió la indefensión e incomprensión de sus propias siglas. Ella lo expresó a nivel interno. Así, entre unas cosas y otras, decidió darse de baja del partido, de su partido de siempre; tanto que, incluso, llegó a manejarlo otrora en las medianías como si fuera su segunda casa. Ese esfuerzo nunca se lo reconocieron, todo lo contrario, los que vinieron luego empujando (y empujándola) para hacerse con el cargo público tan ansiado.

Díaz-Reixa fue brava, firme en sus convicciones, y con sus posibles hizo cara lo mejor que pudo a las canalladas orgánicas y de la vida. Respondía al arquetipo de militante que era habitual antaño en las organizaciones que, en cambio, hoy representan una estirpe en extinción ante estos aparatos tan cerrados. Descanse en paz.