Hoy la noticia es que Pedro Sánchez y Alberto Núñez Feijóo se reunirán en La Moncloa. En realidad, la noticia no tendría que serlo. O no tendría que ser la noticia para tanto… Pero resulta que la costumbre bipartidista de verse las caras el presidente del Gobierno y el jefe de la oposición en las instalaciones presidenciales, dejó de serlo hace mucho. Y eso sí que hace daño a ambos.
A la ciudadanía le gusta ver que sus principales líderes conversan periódicamente. Despachan lo que se tercie, se dicen mutuamente lo pendiente y luego cada uno venderá su versión sobre lo sucedido ante los medios de comunicación como considere pertinente. Lo más normal en democracia. Sin embargo, dejó de serlo en España de un tiempo a esta parte.
José Luis Rodríguez Zapatero defendió a José María Aznar en una cumbre iberoamericana ante el reproche de Hugo Chávez. Entonces el comandante tildó de fascista a Aznar. Corría el año 2007 y era el primer mandato de Zapatero. Juan Carlos I, harto de Chávez, mandó a callar al venezolano. Ciertamente, patinó el monarca. Fue la noticia. Mas Zapatero hizo lo que tocaba.
Feijóo vino a decir que hay que respetar a las instituciones, también a la Presidencia del Gobierno. Y acude a la cita con Sánchez. Y es la noticia de hoy. Lo será al Vox tratar de torpedear que el gallego vaya este lunes a La Moncloa. A los extremos no les gusta que los líderes del bipartidismo conversen. Lo cual es una señal de alarma de qué quieren hacer con el país, en caso de ganar o ser decisivos para la gobernanza.
Los populismos no se reúnen entre sí porque sobresaltan las incoherencias mutuas. O, lo que es lo mismo, nos recuerdan que los extremos se tocan y, ‘per se’, dejarían a sus respectivas parroquias electorales ante un baño de realidad que obligaría a replantearse sus preferencias. Los populismos necesitan de la teatralización, una forzada teatralización que les permite mantener intactas sus pompas de jabón.
Lo suyo sería que, como mínimo, Sánchez y Feijóo acordasen despachar dos veces al año. Si fuesen más, mejor. Ojalá lo de hoy sirva para retomar este sano hábito democrático que, entre otras cosas, ayuda a rebajar la crispación social y proyectar respeto y lealtad institucional. Algo esencial en el parlamentarismo. Los hay que no les interesa esto y juegan a confundir. La rutina también debería formar parte de la política. Tanto sobresalto no es normal, solo señala crisis sistémicas. Es responsabilidad de los representantes públicos transmitir normalidad.










