Es indudable que la ministra y los sindicatos de clase (Comisiones Obreras y UGT) han mantenido una sintonía sin precedentes en democracia. Yolanda Díaz, que ha bebido de la cultura de Comisiones Obreras, ha adoptado medidas a favor de la clase trabajadora y revertido otras adversas implementadas durante la época del ‘austericidio’ y los recortes. Sin embargo, se ha quedado corta en ambiciones distintas, como recuperar la indemnización por 45 días, en vez de los 33 vigentes. Es lo que tiene haber apostado sacar la reforma laboral de la mano de Ciudadanos y no de los nacionalismos periféricos; casi se la tumban, si no es por aquel diputado del PP que se equivocó al emitir el voto.
La gallega era y es una buena titular de la cartera de Trabajo y Economía Social y, en cambio, mal dirigente orgánico. No fue líder al uso. No le gusta la vida interna de los partidos, no le incentiva, no va con ella. A buen seguro, ni la entiende. Es institucional, y nada partidaria. Y eso fue socavando la herida que ha provocado ahora su retirada. La ministra y los sindicatos se encuentran con hechos consumados. Otra etapa a vislumbrar.
La ministra y los sindicatos encontraron una fluidez que a saber si continuará la siguiente legislatura. Díaz no hizo un partido clásico, de los de siempre, en todo el territorio estatal en aras de darle recorrido al proyecto. Sumar en sí es poca cosa, por no decir nada. Lo ha sostenido la vertiente histórica de IU que, a su vez, proviene del PCE.
La ministra y los sindicatos no comparten el discurso anti78 que sí blande Unidas Podemos. Una diferencia sustancial que explica muchas cosas y que puede constreñir la negociación que existe hoy en el conjunto de las izquierdas. A la izquierda del PSOE siempre ha habido un espacio electoral (PCE/IU) antes del 15M que nunca, al margen de retóricas, cuestionó la Transición.
En 1993 Felipe González pudo pactar con Julio Anguita. Los números daban. Por el contrario, el socialista prefirió a los nacionalistas catalanes, a la CiU de Jordi Pujol. Aquel pacto potencial (y que no fue) entre PSOE e IU generó cierta frustración que, en el año 2000, trató de mitigar Joaquín Almunia y Francisco Frutos con una alianza electoral inservible ante la mayoría absoluta que obtuvo José María Aznar.
Esa izquierda apegada al relato de la Transición, tachada de ‘carrillista’ por Unidas Podemos, tiene en 2026 que resituarse en búsqueda de un liderazgo que, a la vez, puede aupar o torpedear Unidas Podemos. Está por ver.










