Primera Plana

Columna de Rafael Álvarez Gil

Jugar con fuego

Jugar con fuego

La grandeza de los políticos se mide en su ocaso. El estadista visualiza el legado que deja cuando se marcha. Y jugar con fuego nunca es una opción. La única salida (es un decir) que le resta a Pedro Sánchez es una huida hacia adelante que solo ahondará en la crisis sistémica. Volver a presentarse como candidato no es viable, abstenerse después en caso de que gane el PP para evitar la entrada de la ultraderecha en La Moncloa tampoco lo haría y ganar hoy se antoja una quimera a son de las encuestas. Es más, los resultados electorales en Extremadura agitan un cambio de aires justo en el que fue un feudo histórico socialista.

La misma noche electoral de marzo de 2000 en la que el PSOE solo obtuvo 125 escaños y José María Aznar cosechó su primera y única mayoría absoluta, Joaquín Almunia dimitió. Se fue con señorío, con elegancia. Si entonces el PSOE no pudo sortear la crisis congénita al atravesar el desierto de la oposición, cómo sería esto hoy cuando el cuestionamiento del orden del 78 se recrudece por ambos extremos ideológicos. Un PSOE que, tarde o temprano, tenga que lidiar con semejante papeleta, a lomos del ‘sanchismo’, estará abonado a la irrelevancia o al desastre. El PSOE no puede jugar con fuego.

La monarquía necesita del bipartidismo dinástico y sistémico (PSOE y PP). Incluso, el rey necesita más del PSOE, que quizá el PSOE del monarca. Pero el PSOE no debe jugar con fuego. Así y todo, Felipe VI advirtió en su discurso de Nochebuena de las curvas constitucionales que nos acechan; y, añado, es de este modo amén de las costuras rotas por el ‘sanchismo’ de gobernar cómo sea y al precio que sea. Hasta Yolanda Díaz, que bebe de la tradición del PCE e IU, está demostrando más congruencia; al margen de la erosión que le suponga estar gobernando como socio menor.

Sánchez no puede jugar con fuego y ceñirse en 2026 a los intereses de su futuro político inmediato. Tiene que preservar al PSOE y, a la postre, el orden del 78 ensalzado por el relato de la Transición. Entre otras cosas, porque ni el ‘sanchismo’ se cree ‘per se’ agotar el modelo actual y explorar otras dimensiones constituyentes que a saber cómo acaban. Puede haber república o, con mayor probabilidad visto lo visto, posautoritarismos sobrevenidos que liquiden la Constitución de 1978 y nos lleven a desenlaces sociopolíticos tenebrosos.

La fragilidad en los pactos del PSOE y del PP, que no ostentan por sí mismos mayorías parlamentarias suficientes, requiere de una generosidad mutua que no se atestigua. Y, de ahí, brota la inestabilidad que nos zarandea y la natural preocupación social ante la crisis política que nos atenaza.