Primera Plana

Columna de Rafael Álvarez Gil

Ideologías

Ideologías

Por encima de las ideologías están las personas. Suele olvidarse, pero es así. Y si no lo respetas, la realidad es tozuda y entonces te percatas que las ideologías llevadas al extremo a consecuencia del sectarismo, conlleva brutalidades y monstruos que quitan la razón y traen la desgracia colectiva. Por eso las personas, el humanismo, acaba triunfando; sin embargo, para que esto ocurra antes puede haber guerras, trifulcas y demás menesteres desagradables. Pero el mundo sin la persona y su dimensión espiritual, es puro nihilismo.

Las ideologías son útiles en el sentido que funcionan como receta compacta para interpretar la realidad. Para defenderla o proponer alternativas desde otras premisas políticas, también sirve para eso. Las ideologías condensan valores y, a la vez, te permite leer las dinámicas sociales. Y ya está. Por tanto, son útiles aunque no deben santificarse o, de lo contrario, en vez de descifrar la sociedad te lleva a una disfunción antidemocrática y siempre peligrosa.

Lo bueno del Estado de Derecho y del pluralismo político (da igual el orden de los factores) es que preservan los límites al sectarismo, al odio y a la sumisión de las personas a las ideologías que, entonces sí, ya serían totalitarismos. El siglo XX tiene un reguero de ejemplos al respecto, por mucho que la banalización imperante hoy haga olvidarlo con facilidad, especialmente entre los más jóvenes.

Es igual que sea un presidente elegido democráticamente o un dictador, si este descuida la sensatez. Y es que la sensatez se erige como el freno de mano para evitar males y no traspasar fronteras indeseables. Quien no es sensato, es necio. Quien no es sensato, es preso de sí mismo. Quien no es sensato, es pasto de la incompetencia. Y la sensatez es más relevante que las ideologías. De hecho, cuando las ideologías se desprenden de la sensatez a ejercer por el gobernante de turno, asoma el caos.

Cualquier político, sea demócrata o dictador (aunque este último, por antonomasia, nunca lo hará), tendría que preguntarse con frecuencia si está respetando a los que no piensan como él y, al fin, si la vida colectiva en sociedad permite integrar a los demás: le hayan votado o no. No hay contrato social efectivo si no goza de legitimidad y no es compartido por todos, sea con mayor o menor entusiasmo.

¿De qué vale aupar las ideologías (la que sea) si provocas exilio, represión y torturas? ¿Acaso el gobernante es ajeno al dolor de las personas y las familias, a la tristeza que inunda en los hogares? Es verdad que las potencias imperiales intervienen en uno u otro país en función de sus intereses económicos y necesidad de materias primas, empleando una doble vara de medir. Lo hecho por Estados Unidos en Venezuela, difícilmente lo hará en otros países donde la democracia está igual de deteriorada o directamente brilla por su ausencia. No es que militarmente no pueda, es que no le interesa. Librémonos del maligno, como se llame, que a lomos del imperialismo o ideologías somete a las personas.